Régimen cubano intensifica su narrativa victimista mientras crece la crisis interna
LA HABANA.- En un mundo cada vez más turbulento, donde se ha fragmentado el orden conocido hasta hoy y las víctimas de guerras y conflictos contabilizan decenas de miles, la opresión y las penurias que sufren los cubanos no despiertan demasiado el interés de la opinión pública.
Es como si a los problemas de Cuba, para que sean de interés mundial, les faltara algo más de drama. En todo caso, es el régimen el que se encarga de poner la cantidad de drama necesaria para llamar la atención. Lo hace a viva voz en la ONU, en todos los foros internacionales y donde quiera que tenga una oportunidad, presentando a su pueblo, al mismo que tiene de rehén, como la víctima del embargo norteamericano vigente desde 1962 y al que culpa de todos los problemas de Cuba.
Esta victimización se ha intensificado en los últimos años y particularmente luego del cerco energético decretado por la orden ejecutiva del presidente Trump el pasado 29 de enero. Desde entonces, el régimen, que se declara al borde de la asfixia económica, ha redoblado la insistencia en culpar al «bloqueo» y a las sanciones de Trump de todas las vicisitudes y sufrimientos de los cubanos: el hambre, los apagones, el transporte público colapsado, la parálisis productiva, la falta de medicamentos, la crítica situación de los enfermos en los hospitales, particularmente los niños. Como si todos estos problemas no estuvieran ocurriendo desde varios años antes del regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, cuando eran más flexibles las políticas norteamericanas hacia Cuba, y no se debieran, más que al impacto de las sanciones norteamericanas —que se sabe, nadie lo niega, no es poco—, a las absurdas y disparatadas políticas económicas y a la cerrazón e intransigencia de un régimen más interesado en mantenerse aferrado al poder que en el bienestar de la población.
Y en el mundo, sobre todo en Latinoamérica, esa victimización surte efecto entre la más rancia izquierda y ciertos progres, que, con una mezcla de nostalgia y un romanticismo que de tan ñoño resulta hipócrita, se niegan a renunciar a la imagen idealizada de Cuba y los mitos de la revolución de Fidel Castro de sus primeros años, cuando aún era fotogénica y no el mamarracho en que se convirtió.
Esos camaradas solidarios, cuando peregrinan a Cuba, con todos los gastos pagos por el régimen, se niegan a ver más allá de lo que les muestran sus anfitriones: Varadero, los hoteles, el Palacio de las Convenciones. Son los casos de los inconmovibles apologistas del castrismo Frei Betto, Ignacio Ramonet, Atilio Borón y Manu Pineda, entre otros.
Pero incluso los que ven lo que sucede realmente, el purgatorio que viven los cubanos, siendo antinorteamericanos a ultranza, lo justifican echando todas las culpas al bloqueo. Y si se enteran, si reparan en la falta de libertades políticas y las violaciones de los derechos humanos, se mostrarán escépticos, minimizarán todo eso, lo relativizarán, alegando que “la revolución tiene derecho a defenderse”.
Total, en todas partes cuecen habas, dirán. Todo eso lo considerarían inaceptable en sus países, pero no para Cuba, porque, como se creen a pies juntillas todos los cuentos del castrismo, afirmarán que, por mucho que haya crecido la pobreza y las desigualdades sociales, bajo el capitalismo le iría peor.
Así sean de cuatro gatos y con más ruido que nueces, no faltan las cruzadas solidarias con Cuba en Europa y América Latina. Pero no son por la liberación de los presos políticos, por el respeto a los derechos humanos ni en reclamo de democracia, sino a favor del castrismo (o lo que va quedando de él). Es para lo que servirá la flotilla más propagandística que humanitaria que ahora mismo organizan con el protagónico de la sueca Greta Thunberg que, sin averiguar mucho, se apunta en cualquier causa por la que pueda armar una de sus sonadas alharacas y perretas.
Desgraciadamente, parece que para que en el mundo más personas reparen en el martirio de los cubanos bajo la dictadura castrista es necesario que la tragedia alcance proporciones aún mayores. Como, por ejemplo, que ante la intensificación de las protestas populares, el régimen, cuya represión es cada vez más desembozada, se asuste y cometa una masacre como la de Tiananmen o la del régimen teocrático iraní contra los manifestantes el pasado enero. Y puede que ni siquiera eso baste.
