Sobre los héroes
Hace mil años, en un viaje por el Jura (región del este de Francia), descubrí los monumentos funerarios a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Eran unos monumentos absorbentes, conmovedores. En los años 20, estos monumentos, sorprendentemente elaborados y costosos, que en cada pueblo, por más pequeño que fuese, mostraban una lista atroz, inacabable, de convecinos jóvenes –enfants– muertos en la Gran Guerra, fueron una suerte de industria. Delicada y de gran calidad artística, además. Priman los grupos escultóricos de bronce. Son monumentos, en primer lugar patrióticos –con soldados avanzando, atacando, o haciendo guardia, ya muertos, en una eternidad en la que solo existe esa guardia absurda, por los siglos de los siglos–, pero también son, de manera notoria, monumentos inexplicablemente pacifistas –soldados muertos o agonizando, sin los atributos del héroe, incluso con desesperación; soldados cargando a sus hombros cadáveres de amigos; soldados muriendo abrazados y aterrados; niños huérfanos de bronce, contemplando a un padre que no existe ya y al que ya nadie ve, salvo en ese monumento–. Es ante ese tipo de monumentos, desmesurados, dramáticos, únicos, imposibles de realizar hoy, en tanto lo expresado en ellos escapa de la tutela y la lógica de un Estado ante la guerra, donde –al menos ese es mi caso– uno comprende el heroísmo. El heroísmo no es más –ni menos– que asistir, sin otro remedio u opción, a un destino no deseado, sin importar la actitud vertida en ese encuentro. El heroísmo es dar testimonio –en ocasiones, un testimonio único y fatal– del absurdo, esa categoría de la brutalidad. Conocer ese absurdo brutal, no vivido, nos redime. Es decir, nos hace partícipes de la brutalidad de lo vivido por esas personas, golpeadas contra el heroísmo sin otra opción ni posibilidad.
Es por eso mismo que me ha conmovido un texto científico que he leído recientemente. Se trata de un estudio que relaciona la esquizofrenia con la evolución. La evolución es también el tránsito de un cerebro de poco menos que 300 centímetros cúbicos, a uno de más de 1.200 centímetros cúbicos. Lo que supone grandes saltos en el volumen de nuestro cerebro. Lo que, a su vez, nos moduló un lóbulo frontal sumamente sensible a las mutaciones, hasta el punto de facilitarlas. Ese compromiso con la mutación permite un cerebro desprovisto del miedo a mutar, para así crecer, aumentar el volumen y coordinar una nueva inteligencia. Pero esa sensibilidad maravillosa a la mutación tiene sus contrapartidas. Según el estudio, esa sensibilidad facilita también la posibilidad de la enfermedad. Lo que dibuja a los enfermos como parte de nosotros, como nuestras consecuencias. Concretamente, conforman el grupo de aquellos de nosotros que pagaron el precio de nuestra inteligencia, de manera injusta e íntima. Son personas que podían haber vivido en una playa y que, sin embargo, el destino los envió a una trinchera en un día preciso. Personas, héroes, responsables de nuestros pensamientos más abstractos, que carecen de monumentos. En ocasiones esas personas, que no son más que nosotros ante la brutalidad de lo imprevisto, construyen con sus cuerpos sus propias estatuas, que vemos en las calles de todos los núcleos, por muy pequeños que sean. Son monumentos dramáticos, conmovedores, de personas durmiendo solas en el suelo, personas perseguidas por nadie, abrazadas a nadie, gritando aterradas a nadie, cargando camaradas que no existen, viendo a un padre que ya nadie ve, haciendo guardia ante una amenaza invisible para el resto, por toda la eternidad y sus siglos de sus siglos. El heroísmo no es más –ni menos– que asistir, sin otro remedio u opción, a un destino no deseado, sin importar la actitud vertida en ese encuentro. El heroísmo es dar testimonio. El heroísmo es ser arrojado contra el heroísmo.
