Camina o revienta
Querida socia, querido socio:
Por las mañanas camino. Camino mucho. Empecé hace unos meses, cuando la cabeza dijo basta. Necesito un tiempo, me explicó una mañana, mi propio espacio. Claro, no cayó en los inconvenientes de la decapitación. Tras unos días de desconcierto, había dos soluciones sobre la mesa: caminar mucho o tomar un poco de medicación. Como siempre he sido de excesos, elegí lo mucho, así que ahora entiendo la expresión “dar vueltas como un loco”. Se trata de reconfigurar el sistema nervioso y trasladar la capital del cerebro a los pies. Es extraño, pero también lo es que en Australia esté en Camberra y no en Sídney y no les va mal del todo. A mí tampoco, la verdad. Durante una hora –tengo que conciliar lo de ser caminante con ser trabajador, padre, pareja, hermano, amigo, e hijo– desconecto mientras mis pies trazan rutas imposibles por la ciudad. Idas y venidas, vueltas a manzanas, serpenteos por calles extrañísimas sin rumbo definido que me convertirían en sospechoso de cualquier crimen que se produjese en el barrio. ¿Por qué el acusado pasó por tal calle tres veces en una sola hora el día del crimen? ¿Por qué días antes caminó durante dos kilómetros de distancia y, justo al llegar al portal de la víctima, se dio media vuelta sin motivo aparente? Pregúnteles a mis pies, señor juez, respondería al interrogatorio dejando pálido a mi abogado y murmurando que esto pinta mal.
A pesar de los riesgos judiciales que conlleva, pasear es una terapia estupenda contra angustias, estreses y ansiedades. Contra todas las formas que el miedo sea capaz de adoptar. El ejercicio suave pero continuo fomenta que se segreguen unas movidas de no sé qué cojones que ayudan bastante así en general, dicen los médicos usando estas mismas palabras científicas. Recién aterrizo de uno de esos paseos cuando escribo esta carta para los socios de Contexto y Acción –amigos y jefes a la vez– con los que apetece abrirse un poco, salir de la actualidad política o al menos del enfoque con el que solemos abordarla. Mi última hora, mi breaking news para ustedes es que hoy mis pies se dirigieron a esa zona de casas bajas que nunca habían recorrido después de unos años en el barrio. Que allí descubrí un establecimiento al que no sabría ponerle nombre. Es una especie de taller, pero no de coches, sino de piezas mecánicas sueltas, como provenientes de diferentes aparatos. Me ha parecido ver un ventilador a medio arreglar, una lavadora abierta en canal o un motor de coche apoyado en el suelo. Casi todo estaba lleno de grasa negra, como las manos del tipo que las trabajaba y que me miró al pasar como un obrero industrial del siglo XIX miraría a un extraterrestre. Los pies, a veces, toman decisiones inteligentes como la de explorar esta zona.
Cada día, al cumplirse la hora de paseo, como una roomba bien programada tras meses de entrenamiento, emprendo la vuelta a casa de manera automática buscando el café, la tostada y el ordenador. Desde ese ordenador les cuento que en mis paseos de estos meses he visto cosas que ustedes no creerían. Especialmente si pasan demasiado tiempo consumiendo redes y televisión. Ingiriendo el menú cocinado por los Musk, Zuckerberg, Ana Rosa Quintana o Iker Jiménez que hacen del mundo un lugar peor porque ese es su modelo de negocio. Hoy mismo vi a gente esperando en la parada del autobús y el ambiente de este país supuestamente a punto de saltar por los aires era la mar de relajado. Una pareja de ancianos que tenían pinta de ir al médico o al notario según indicaba una carpeta transparente llena de papeles, eran ayudados a subir al transporte público por tres chicas en edad de instituto o universidad. No parecían viejos muy por la labor de creerse el mantra de que la juventud es maleducada, insoportable, ausente. Pasada la parada del autobús un vecino me saludó saliendo de un bar del barrio en el que siempre, siempre, tienen puesta TVE. En pantalla, cada mañana, los vecinos desayunan con Silvia Intxaurrondo contándoles las noticias del día y nadie grita, nadie insulta. Una situación rarísima para los que pasamos tiempo en redes. No todo es tranquilidad. En un banco de la avenida, banco de los de sentarse, una señora fumaba muy nerviosa hace unos días. Nervios de esos que provocan que el trayecto que recorre el cigarrillo entre la mano extendida y la boca dibuje curvas que encogen el alma. Estuve tentado de decirle que se sumara a la conga como en una mala copia de Forrest Gump, pero bastante tenía con lo mío. Paso a menudo por una de esas peluquerías en las que los chavales aprenden el oficio mientras cobran el corte a cinco euros. En la puerta suele haber ocho o diez chicos y chicas de los que, una buena proporción, responde al estereotipo de lo que la tele y los imbéciles llaman menas. Sus compañeros no los llaman menas, los llaman por sus nombres.
Tomando una cerveza con un amigo, me decía que sentía miedo de lo de Rufián. Veía el futuro muy oscuro. No se lo discutí porque las nubes que asoman no pintan bien, qué duda cabe. Pero sí me cabe la duda de que la sociedad real sea eso que nos dicen que es. No lo veo por la calle al igual que no veo chavales disfrazados de gato, caballo o perro por mucho que las redes sociales aseguren esta semana que andar a cuatro patas es la moda que arrasa para que repitamos qué mal está el mundo. Está mal, pero es por otros motivos. Cada vez pienso más si los estados de ánimo tan bajos, los miedos al futuro, las desconfianzas en el de al lado no serán una gran mentira con la que poder conducirnos cabizbajos. Si en El Show de Truman Jim Carrey buscaba cámaras y pantallas ocultas que le confirmaran su sospecha de que vivía una gran mentira protagonizada por la gente que le rodeaba, quizá nosotros debamos buscar a la gente que nos rodea para confirmar que son las cámaras y las pantallas a la vista las que protagonizan la gran mentira. Tenemos una gran ventaja, le dije a mi amigo. Si un tipo negro pasase por aquí y se cayese desplomado, incluso el votante de Vox que en redes defiende no socorrerlo en alta mar, se levantaría de su mesa a ver si está bien. Lo humano es cierto, el fascismo es mentiras y propaganda. No conviene olvidarlo. Y, si entran dudas y miedo, como nos enseñó un símbolo antifascista llamado El Lute, camina, que es mejor que reventar.
