La crisis política en Perú aúpa al octavo presidente en 10 años
Acaban de vacar, mediante una moción de censura, al séptimo presidente en el Perú, y el Congreso ha elegido a su sucesor, un desconocido José María Balcázar. El Perú ha pasado de la insignificancia del personaje Jerí, a la incertidumbre con auspicios poco confiables de Balcázar.
A José Jerí lo echaron tras la difusión de unas imágenes en las que aparecía visitando de noche, y a escondidas, un restaurante chino. Jerí se ocultaba, abrigado como esquimal en pleno verano limeño, para reunirse con un cuestionado empresario oriental proveedor del Estado, lo que evidenciaba un escandaloso tráfico de influencias. Pero, además, lo cesaron por las visitas de mujeres al palacio de gobierno, que solían salir con lucrativo empleo en el Estado bajo el brazo. Súmese a esa joyería que Jerí tiene una acusación por violación que el actual fiscal de la nación, cercano a la mayoría congresal, que pone y saca funcionarios a su antojo, había archivado cuando tenía a su cargo una fiscalía suprema especializada. Nótese que no es por los hechos mismos por lo que perdió el cargo, sino por el escándalo mediático que suscitaron en año de elecciones y con varios congresistas pidiendo reelección.
El nuevo presidente (Balcázar) ha sido una figura discreta en el parlamento, salvo por unas declaraciones en las que hacía apología del sexo con menores
El nuevo presidente (Balcázar) ha sido una figura discreta en el parlamento, salvo por unas declaraciones en las que hacía apología del sexo con menores
El nuevo presidente, José María Balcázar, de 82 años, es abogado y congresista de Perú Libre, el partido de izquierdas aliado de la ultraderecha en el Congreso. Ha sido hasta ahora una figura discreta en el parlamento, totalmente irrelevante, salvo por unas declaraciones en las que hacía apología de las relaciones sexuales con menores que, luego, dijo que “las sacaron de contexto” (aunque es difícil suponer el contexto). Fue electo como parte de la ola que llevó a Pedro Castillo a la presidencia, y ha mantenido cercanía política con el entorno de Vladimir Cerrón, líder fundador de aquel partido e inhabilitado por condenas judiciales. Cuando Balcázar presidió el Colegio de Abogados de la región Lambayeque fue cuestionado por el uso de recursos institucionales, acusaciones que él negó, pero que sus acusadores mantienen con vehemencia. Aunque no integra el ala más bochinchera de Perú Libre, su carrera está vinculada al proyecto político que Cerrón diseñó y a la lógica parlamentaria de alianzas por conveniencia que ha caracterizado a ese grupo.
Pero, dirá el lector, ¿cómo llegaron los peruanos a esto? En un país destrozado en su tesitura social, simultánea y sucesivamente, por años de terrorismo, inflación extrema entre 1985-1990, una dictadura tan corrupta como la de Alberto Fujimori, y un retorno a la democracia que no cambió lo esencial del legado de aquella dictadura, ocurre que unos pocos actores pueden torcer el destino de una desinformada y desarticulada mayoría ciudadana, educada para desconfiar y desentenderse de la política. En ese escenario, los intereses particulares, empoderados, pescan a su antojo. Aunque no siempre, como veremos.
Así, este último ciclo comenzó en 2016. Y fue con una pataleta.
El que se mueve es “terruco” (terrorista)
En las elecciones generales de 2016, Keiko Fujimori pasó a segunda vuelta donde se enfrentó al economista y financista Pedro Pablo Kuczynski, hombre tan de derechas como Fujimori. El terruqueo, arma habitual del fujimorismo, se desató, también, contra el desconcertado PPK –como se conoce a Kuczynski– que se vio de pronto empapelado como socio de Sendero Luminoso, organización terrorista que tiene el atributo de resucitar en cada contienda electoral.
El resultado de esa segunda vuelta fue un triunfo del antifujimorismo que, cuando se junta, mueve montañas. Pero la victoria de PPK fue más de lo que podía soportar Keiko Fujimori, que ya tenía el antecedente de haber perdido una elección contra el nacionalista Ollanta Humala, candidato de discurso inflamado que vendió el alma a cambio del apoyo de la derecha de siempre (Vargas Llosa a la cabeza).
A pesar de haber obtenido una gran mayoría en el Congreso, a Keiko Fujimori le dio una pataleta de dimensiones tan colosales que tuvo consecuencias que aún se están viviendo. Decidió hacer que la gestión de PPK fuera imposible. Y así, abundaron las obstrucciones y aunque las mociones de censura, en esa ocasión, no culminaron con éxito, terminaron obligando a PPK a renunciar.
Siguió Martín Vizcarra, ingeniero de profesión, y a la sazón vicepresidente. Este llegó con la pata en alto, y confrontó con el fujimorismo: planteó varias medidas que dejaban sin privilegios a la clase política vía reformas parlamentaria, electoral y de la justicia. Y cuando pudo, fue Vizcarra el que disolvió el Congreso, privando a sus adversarios de su vistosa mayoría. El fujimorismo oficial, y sus variantes políticas aliadas, lo detestaban (y aún lo detestan).
La elección del nuevo Congreso no restó poder al fujimorismo que encontró aliados. Vino la pandemia que ocurrió durante la gestión de Vizcarra, lo que alteró las prioridades, hasta que –el que busca encuentra– hallaron una acusación por soborno contra Vizcarra de los tiempos en que era gobernador de la región de Moquegua, y sin acusación fiscal y con apenas una investigación preliminar en marcha, a punta de titulares en los medios, lo vacaron por “incapacidad moral permanente”, una figura que está en la Constitución, pero sin definición precisa. Y como en el Perú, la moral presidencial se decide por votación, resolvieron el asunto finalmente, y literalmente, a periodicazos. Fue el que más duró: tres años, y su destitución fue vista con desagrado por la población.
El Congreso, nuevamente de ultraderecha como vimos, decidió que era su momento. Tocaba, por línea de sucesión, acceder a la Presidencia de la República al presidente del Congreso. El indicado fue Manuel Merino, personaje muy conservador que de inmediato se rodeó de lo más rancio de la política peruana. El rechazo ante los actos del Congreso y la figura elegida para reemplazar al popular Vizcarra generaron una movilización popular de gran envergadura que se agravó cuando Merino ordenó disparar contra la gente, y murieron dos jóvenes. Esa gestión duró cinco días de noviembre de 2020, no más.
Son ocho presidentes en diez años, que sumarán nueve con el elegido en las próximas elecciones de abril 2026
Son ocho presidentes en diez años, que sumarán nueve con el elegido en las próximas elecciones de abril 2026
Acorralados, los congresistas eligieron para terminar el periodo a un hombre de centroizquierda, un tecnócrata serio, culto y muy atildado en sus maneras: Francisco Sagasti. Se acercaban las elecciones generales de 2021, y Sagasti cumplió con la importante tarea de gestionar la compra de las vacunas para la covid, organizar adecuadamente las campañas de vacunación, y conducir el proceso político hacia las elecciones previstas. Incluyendo la difícil segunda vuelta que enfrentó a Keiko Fujimori (nuevamente) con Pedro Castillo, y los esfuerzos de Fujimori por invalidar la elección final de Castillo, gritando “¡fraude!” y valiéndose también de sus imaginarios aliados de Sendero Luminoso.
El 28 de julio de 2021, Sagasti entregaría el mando a Pedro Castillo, no sin antes sortear las acusaciones de parcialidad con este por no intervenir en los resultados (tal cual), y de terrorismo (cómo no), que le achacaban el fujimorismo y aliados –y su prensa– que, así, también lo incorporaron a su lista negra.
Mientras, el fujimorismo, nuevamente, encontró la manera de forjar una alianza congresal, esta vez con aliados más sólidos y doctrinarios del conservadurismo local y los partidos con dueños de oscuras fortunas. Pero muy afines.
Siguieron: el acoso contra Pedro Castillo, su destitución por “incapacidad moral permanente”, el gobierno de Dina Boluarte, las masacres de 2022/2023 y la incorporación a la alianza congresal mayoritaria de la izquierda verbalmente ultra –la misma que llevó a Castillo a la presidencia–, y los cortos meses de José Jerí, su destitución, hasta la elección del señor Balcázar, que es lo más reciente.
Son ocho presidentes en diez años, que sumarán nueve con el elegido en las próximas elecciones de abril 2026. Una larga crisis institucional que comenzó y prosigue con una prolongada pataleta.
El descrédito de la institución presidencial ha llegado a sus límites más extremos. La mayoría parlamentaria que gobierna de facto desde el Congreso, ya ni siquiera oculta este hecho. Y vemos escenas como la del presidente del Congreso, Fernando Rospigliosi, presentándose en audiencia judicial para presionar porque los jueces no asuman la discreción jurisdiccional en el discernimiento sobre la ley de amnistía a violadores de derechos humanos, que hasta hoy los jueces se resisten a aplicar. Ya se viene la “reforma judicial”, claro.
Lo que sí prosigue es la trampa electoral: el próximo presidente, senadores y diputados, serán electos entre 37 listas. La cédula de votación, que ya se ha podido ver, asemeja a una sábana llena de símbolos pequeños que harán no solo difícil votar, sino también la labor de escrutinio.
Salvo una sorpresa enorme –que en el Perú es siempre posible– es probable que, en las condiciones actuales de total falta de escrúpulos, el desmadre siga igual
Salvo una sorpresa enorme –que en el Perú es siempre posible– es probable que, en las condiciones actuales de total falta de escrúpulos, el desmadre siga igual
Diseñado todo ello para salvar a un bloque de partidos que serían perdedores sin remedio en condiciones normales, asegura, vía la confusión y la dispersión, la posibilidad de que logren su cometido con poco porcentaje de votos. Y, así, mantener el poder, si suman a los nuevos grupos políticos que, visiblemente, les son afines. Ello, vía un Congreso muy fortalecido en sus atribuciones mediante recientes reformas constitucionales.
Salvo una sorpresa enorme –que en el Perú es siempre posible– es probable que, en las condiciones de abandono de la población, de concentración del control político, militar y económico que hay, y de la total falta de escrúpulos a la hora de resistir a cualquier levantamiento popular, el desmadre siga igual, o quizá peor. Siempre puede ser peor.
