El coste invisible de la concentración
Hace dos años conocí a una persona cuya situación me ha venido varias veces a la cabeza durante los últimos meses. Había desarrollado una brillante carrera en Accenture y una parte importante de su retribución la recibió en forma de acciones y stock options. El resultado era un patrimonio financiero millonario, conseguido en gran medida gracias al extraordinario comportamiento bursátil de la compañía.
Accenture era una compañía admirada por analistas e inversores, con una trayectoria de crecimiento envidiable. Desde su salida a Bolsa en 2001 había superado al índice mundial de renta variable, por lo que tenía argumentos para seguir confiando en ella. Precisamente por eso la conversación resultó interesante: no tratábamos de convencerle de que Accenture fuera una mala inversión; lo único que planteábamos era una cuestión de gestión prudente. Una vez alcanzado un determinado nivel de riqueza, ¿tiene sentido que la mayor parte del patrimonio financiero dependa del comportamiento de una sola empresa?
La respuesta parecía evidente. Una diversificación parcial habría reducido significativamente el riesgo sin alterar sus posibilidades de alcanzar sus objetivos futuros. Sin embargo, surgió un obstáculo habitual entre los inversores que han acumulado grandes plusvalías: la fiscalidad. Vender parte de la posición suponía pagar impuestos importantes. Cuanto más éxito había tenido la inversión, mayor era la factura fiscal asociada a la venta. Como ocurre con frecuencia, el coste visible de........
