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El amor en los tiempos de la cólera

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25.05.2026

Ya desde el siglo V antes de Cristo, había dicho el filósofo presocrático Empédocles de Agrigento que las relaciones que existen entre las personas, los animales y las cosas del mundo las gobiernan dos movimientos universales distintos: un movimiento de atracción o integración y otro de rechazo o repulsa. 

El primero de ellos es el que hace que, por ejemplo, el imán atraiga el hierro, los cuerpos con masa, a otros cuerpos con masa, los átomos o moléculas, a los átomos o moléculas que tienen carga eléctrica opuesta a la suya, o los animales hembras, a los animales machos, haciendo posible así su perfección, el orden del mundo y la continuidad de la vida. Cada cosa busca aquello de lo que carece y necesita para seguir siendo. Si el mundo existe, es decir, si tiene perfección, es gracias al movimiento de atracción que comentamos; lo que algunos filósofos han dado en llamar el “genio de las especies (sean éstas biológicas o no)”. Sin él, no es que la realidad fuera un caos, sino que simplemente no existiría, porque no habría perfección o completud entre los seres que la constituyen. Todo se reduciría a fragmentos de cosas; a cosas incompletas, sin sentido alguno y sin posibilidad de perpetuación.

Por su parte, el segundo movimiento universal que rige la relación entre los seres del mundo es el que determina que, por ejemplo, el agua rechace el aceite, el color rojo, el color verde, los átomos y las moléculas, los átomos y las moléculas que tienen su misma carga eléctrica, o el perro, el olor del vinagre, provocando así disgregación y desorden en la naturaleza. Es un movimiento que no sólo impide la perfección del ser, sino que conduce también a su desintegración o ruina. Pese a ello, se trata de un movimiento fundamental para la existencia, pues, gracias a la destrucción que le es consustancial, se renueva el mundo. Ningún cambio o avance importante es posible en el mundo sin la destrucción del estado anterior. Hasta la dolorosa muerte tiene su justificación biológica, porque sólo acabando con lo caduco y decadente del ser, que es su parte accidental, es posible mantener la esencia de las especies; lo que las define de forma permanente. No se trata de nacimiento a otra vida, a una vida eterna, como suelen decir las religiones con la retórica metafísica que las caracteriza, sino de purificación de las cosas de esta. Las personas, los animales, las plantas y las cosas mueren para vivir. Hay incluso quienes piensan que la verdadera función de la muerte, la anulación de las personas, los animales y las cosas como si no hubieran existido nunca, es limpiar el mundo de la inmundicia que lo habita y volverlo a los orígenes, a la pureza originaria, a la nada de donde salió todo. La muerte es tan tremenda y compleja, que no hay tema que la iguale en cuanto a interpretaciones filosóficas y opiniones personales.

Pues bien, en el ámbito de los seres humanos, que viven en el mundo simbólico del lenguaje, no en el empírico de eso que suele llamarse realidad o naturaleza, los movimientos de atracción y rechazo que comentamos reciben el nombre de amor y odio, respectivamente. El amor implica siempre un movimiento de integración en el otro pleno de bondad y el odio, un movimiento de rechazo pleno de maldad. 

En efecto, el amor, que se actualiza en nuestra lengua bajo formas categoriales distintas (bajo las formas categoriales nominales amigo, amistad, amabilidad, amante y amado; bajo la forma categorial verbal amar; y bajo la forma categorial adjetiva amable) y que se manifiesta en formas enormemente diversas (‘amor materno’, ‘amor paterno’, ‘amor conyugal’, ‘amor filial’ y ‘amor fraterno’, en el ámbito de la familia; ‘amistad’, en el ámbito de las relaciones extrafamiliares; ‘amor romántico’, en el ámbito de los sentimientos; ‘amor erótico’, en el ámbito del sexo; ‘amor propio’, en el ámbito de la personalidad; ‘amor a Dios’, en el ámbito de la religión; ‘amor a la vida’, en el ámbito de los anhelos y aspiraciones…), pone a los seres humanos en paz y concordia consigo mismos, por una parte, y con ellos y el resto del mundo, por otra, haciendo así posible la armonía social y la continuidad de la especie. El que ama se vacía en el otro, dejando de pensar en sí mismo y en sus intereses más personales. Hay personas que se integran en los otros tan plenas de bondad, que se liberan tanto de su prisión personal, que terminan fundiéndose enteramente con ellos, convirtiendo los sufrimientos y alegrías de estos en los suyos propios. Estas, que nuestra lengua suele llamar “filántropos”, “santos” o “héroes”, son las buenas. Son las que han entendido que el mundo necesita de tolerancia, paciencia, indulgencia y amor para poder ser. Si no tenemos tolerancia, paciencia e indulgencia con el prójimo y amor hacia él, estamos condenados a la agresividad, el enfrentamiento, la desunión, la desintegración o la destrucción. Al menos un poco de amabilidad y comprensión es siempre imprescindible para el funcionamiento del mundo. Incluso las cosas que hacemos, sea con las manos, sea con la inteligencia, son inviables sin amor. Por eso recomendaba Antonio Machado a sus discípulos de poética que fueran siempre benévolos si alguna vez se dedicaban a esa actividad tan importante en las sociedades humanas civilizadas que es la crítica de arte: “Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos........

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