La advertencia de Kelley y la normalización del horror: cuando el Estado español se asoma al abismo
Cuando el psiquiatra estadounidense Douglas Kelley recorrió las celdas de los jerarcas nazis durante los juicios de Núremberg contra la jerarquía del régimen nazi, el mundo esperaba que su diagnóstico confirmara la monstruosidad clínica, la psicopatía excepcional, la deformación moral irrepetible de aquella cúpula criminal. Sin embargo, su hallazgo fue mucho más desasosegante: la absoluta e inquietante normalidad de los verdugos. No había en ellos una esencia diabólica que los diferenciara del resto de mortales, sino una perturbadora capacidad de adaptación a un sistema que convertía el exterminio en trámite administrativo y la crueldad en política de Estado.
Su advertencia, rescatada por la historiografía y el cine, pulverizó el mito consolador de que el nazismo fue un virus exclusivo del alma alemana. Kelley demostró que el estereotipo del nazi —ese burócrata utilitarista, gélido, ambicioso, capaz de justificar la eliminación de la mitad de la población si los cálculos de poder así lo exigían— habita en estado latente en cualquier sociedad. Es una simiente que no germina en el vacío, sino que aguarda la confluencia de tres elementos: las condiciones materiales propicias para el descontento, una crisis institucional profunda y, sobre todo, el vector político adecuado que la active, la discipline y la dirija hacia la toma del Estado.
La historia total no admite discusión: el fascismo nunca asalta los centros de poder de forma aislada ni mediante un golpe de mano tradicional; siempre accede gracias a la claudicación y la complicidad activa de la derecha tradicional. Es la derecha respetable, la de los salones alfombrados y la retórica de la moderación, la que le franquea la entrada creyendo que podrá instrumentalizarlo. El paradigma de esta verdad incómoda es la agonía de la República de Weimar, donde un Franz von Papen —refinado, aristocrático y cínico— abrió la cancillería a Adolf Hitler convencido de que lo usaría como títere. Lo domesticaría en seis meses, le confió a un amigo. Meses después, la democracia alemana era cenizas y la dictadura se devoraba a sus padrinos.
Esa misma pulsión suicida es la que escenificó Alberto Núñez Feijóo en su entrevista del pasado 17 de junio en el plató de El Hormiguero, ante un Pablo Motos convertido en anfitrión complaciente de la banalización del horror. Aquella noche no asistimos a un simple ejercicio de retórica televisiva de un líder de la oposición; asistimos a la representación pública de una capitulación moral. Al asumir a Vox como un socio natural, legítimo e institucional, al negarse a “demonizar” —ese fue el término elegido— a una formación abiertamente reaccionaria bajo el pretexto del pragmatismo electoral, la derecha española no solo ha alfombrado el camino hacia la barbarie cotidiana, sino que ha asumido que la extrema derecha no es un peligro para la democracia, sino un instrumento útil para la reconquista del poder.
Sin embargo, para que este desembarco........
