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No nos bloquearán la solidaridad

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14.02.2026

No nos bloquearán la solidaridad

María Victoria Valdés Rodda

María Victoria Valdés Rodda

Autor(es): María Victoria Valdés Rodda

Un millón de personas viven en tiendas de campañas porque Israel arrasó su tierra y pone trabas a la plena ayuda humanitaria. Los planes de reconstrucción son dudosos. ¿Dónde? En Gaza

Antes del 7 de octubre de 2023, la mayoría de la humanidad tenía nociones básicas sobre la franja palestina de Gaza: un territorio costero de 360 kilómetros cuadrados, una población de 1,8 millones de seres, patria chica de las y los palestinos expulsados de sus tierras desde mayo de 1948, una de las zonas del planeta con mayor densidad poblacional, con casi 5 000 personas por kilómetro cuadrado, una enorme cárcel a cielo abierto.

Para comodidad de las conciencias, la egocéntrica civilización occidental se atenía a los anteriores datos como marco referencial “normal”, aunque obviando la violación sistemática de los derechos humanos por el colonialismo sionista de Israel, al asumirlo algo consustancial al largo y complejo conflicto árabe israelí… Y nada más.

De repente nos golpeó la noticia: la resistencia palestina rompió los perímetros de su “comodidad vivencial” penetrando y atacando a Israel. Ese acto se grabó a sangre y fuego, e inmediatamente llegaron las descalificaciones y mentiras: acto terrorista de Hamás, degollamiento de niños pequeños, brutalidad palestina. Una precisa declaración de la resistencia hizo saber el verdadero propósito: la liberación de su tierra y entonces sí que se “hizo la luz” sobre un panorama tantas veces pasado por alto o minimizado en su verdadero horror.

Nos abocamos a las condenas formales y a las exigencias de rigor en un ejercicio colectivo de exorcismo: apenas 20 jornadas después, el 27 de octubre de 2023, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución sobre la crisis en Gaza presentada por Jordania, que obtuvo 120 a favor, 14 en contra y 45 abstenciones. Según reportó Prensa Latina, el texto es el primero adoptado por un organismo de las Naciones Unidas “luego de que cuatro proyectos fracasaran en el Consejo de Seguridad desde que estallara la violencia el 7 de octubre último”. La resolución exigía el cese de las hostilidades en la Franja de Gaza con una tregua humanitaria inmediata y duradera, y rechazó el traslado forzoso de la población civil palestina.

Ha llovido mucho desde entonces y a Israel, en la práctica, se le ha dejado las manos libres, con lo cual pudo asesinar a una friolera de más de 72 000 personas, la mayoría mujeres y niños. Lo ha podido hacer el amparo de los yanquis, cuyo presidente actual, Donald Trump, trata el genocidio israelí como un asunto mercantil, en un cálculo frío sobre la vida humana, desechable si es inconveniente a los negocios. Incluso su Junta de Paz fue concebida inicialmente con el fin de alcanzar el cese de “hostilidades” y finiquitar los dos años de la eufemísticamente llamada guerra de Gaza.

Trump proyecta una especie de zona turística sin palestinos, o al menos con muy pocos. Ha habido protestas formales de los más amigotes del magnate presidente frente a un conglomerado de pueblos y gobiernos justos con exigencias de un Estado palestino independiente. A la prensa británica, Xavier Abu Eid, exasesor de la Organización para la Liberación de Palestina y analista político palestino basado en Ramala, en Cisjordania, puntualizó una cuestión esencial: esa junta carecerá de palestinos y se juega con “nuestra desesperación de reconstruir Gaza luego de un genocidio, de ingresar ayuda humanitaria que nunca debería ser condicionada, y a cambio se pide que Palestina se olvide de sus derechos más básicos”.

Un tiempo atrás la comunidad mundial habría colmado las calles con carteles y lemas a favor de Palestina, por la paz de niños asustados, indefensos. Ahora prima la pasividad. En ese pasado reciente, varios Estados, en primer lugar los EE.UU., tildaron a la solidaridad de los compatriotas de terrorismo, resguardando de nuevo bajo el ala del águila imperial al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, superaplaudido en el Congreso yanqui.

Y, sin embargo, a pesar de las prohibiciones y las medidas coercitivas, los campus universitarios estadounidenses, la City de Londres, las amplias avenidas berlinesas, y un montón de lugares más, desafiaron la represión y las medidas coercitivas; pero, aun con esa valentía, lo cierto es que el tema se ha relegado y otros asuntos gravitan entre las preocupaciones, en buena medida debido a la imprevisible política exterior –interna–, de Trump, donde todos son “enemigos”. Es cierto, ya Palestina “no suena”.  

En un puntual artículo en RT, “Nombrar frente a la barbarie: no dejemos de hablar de Palestina”, Carmen Parejo denuncia: “El escenario es de desolación, decenas de miles de víctimas civiles, infraestructuras destruidas y una población sometida a bloqueo, desplazamiento y hambre. Los informes sobre violaciones de DDHH se acumulan. Según testimonios y agencias humanitarias, las explosiones no cesan y las condiciones de vida siguen siendo catastróficas. Así, podemos y debemos señalar que a pesar de un supuesto alto el fuego formalizado en octubre de 2025, el genocidio israelí sobre Gaza no ha cesado en ningún momento”. Y prosigue: “en este contexto, la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, volvió a denunciar la situación en Gaza. El 3 de febrero (2026) emitió una nueva declaración para condenar la continuación de las hostilidades, pese al alto el fuego y su impacto devastador sobre la población civil”.

El comentario es muy valiente; en él se lee que “En medio de esta carnicería continuada, el espectáculo de Davos, en enero de 2026, fue uno de los actos más obscenos que se recuerdan en años. El equipo de Trump exhibió lo que denomina la ‘nueva Gaza’: rascacielos frente al mar, zonas turísticas, megaproyectos económicos, que sobre el papel, prometen ingresos millonarios y un crecimiento espectacular, como si se tratara de un solar vacío y no de un territorio arrasado con su población dentro”. 

 Los cubanos conocemos de sobra esos peligros imperiales. Por tanto, es imperativo seguir asumiendo la descolonización palestina y en particular el genocidio israelí como una de las grandes causas de este 2026, porque es evidencia cruda del panorama posible que nos espera si dejamos de luchar, de denunciar, de proteger.

Muchos son los crímenes cometidos contra esa nación árabe, negada a rogar migajas de soberanía y dignidad. Luis Mesina, vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores de Chile, lo dijo inmejorablemente: “Se ha hecho común que ante la conflictividad bélica la mayoría de los gobernantes guarden silencio. Palestina es la muestra más evidente de ello, el genocidio contra un pueblo desarmado se materializa, sin que exista voluntad real de los estados por detenerlo. El fenómeno mundial que ha desatado Donald Trump provoca que muchos ‘miren hacia el lado’, evitando caer en el círculo que el imperio selecciona y clasifica como países poco amigables y, en consecuencia, quedar expuestos a sanciones económicas vía aranceles”.

No dejemos que nos secuestren la solidaridad, ni el preciso sentido de la justicia. Cuba no dejará de denunciar: Palestina se debate entre vivir o ser exterminada…

Gaza, guerra, Israel, Palestina, política

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