De Georgia a Ucrania: el precio para Europa de aceptar la agresión
Las decisiones de Donald Trump sobre Ucrania ponen de manifiesto una cuestión que trasciende la relación Washington y Kyiv: ¿qué sucede con el orden internacional cuando la principal potencia occidental reduce su compromiso con un país agredido y trata de resolver la guerra mediante un acuerdo que no garantiza su soberanía?
El 15 de octubre de 2026, Volodímir Zelenski anunció que Ucrania reanudaría los ataques contra instalaciones energéticas rusas después de que Moscú incumpliera la tregua promovida por Washington. El presidente ucraniano también expresó el sentirse traicionado por Trump al restringir capacidades de comunicación militar de Ucrania y por las decisiones estadounidenses relativas al diésel ruso.
Trump ha convertido el fin de la guerra en un objetivo superior a las condiciones en que esta termina. En lugar de exigir a Rusia que detenga la agresión, Washington presiona a Ucrania para aceptar un acuerdo que compromete su soberanía y seguridad futura. El país invadido es tratado como el principal obstáculo para la paz, mientras que el agresor conservaría parte de lo conquistado. En nombre de terminar la guerra, Trump acabaría premiando la agresión y debilitando los principios que Estados Unidos afirmó defender por décadas.
La posición estadounidense afecta a la credibilidad de las alianzas occidentales y a las expectativas de otros países sobre la disposición de sus socios a respaldarlos cuando su soberanía se vea amenazada. Es precisamente en este contexto donde conviene recuperar una reflexión de Amos Oz, escritor israelí y defensor de una solución negociada al conflicto entre israelíes y palestinos: “El problema hoy en el mundo no es la guerra, es la agresión. Y la agresión, en efecto, hay veces que solo puede ser frenada por la fuerza, no hay otro camino”.
La distinción entre la guerra como tragedia y la agresión como decisión política constituye una herramienta fundamental para comprender la invasión rusa. La guerra causa destrucción y sufrimiento; la agresión, además, supone una decisión de imponer por la fuerza la voluntad de un Estado sobre otro. Confundir ambas cosas conduce a una paradoja: que el deseo legítimo de detener los combates se convierta en una exigencia dirigida contra quien es agredido.
De Georgia a Ucrania: el precedente de la fuerza
La invasión rusa iniciada el 24 de febrero de 2022 no puede comprenderse como un episodio aislado. La guerra de agosto de 2008 contra Georgia y la posterior consolidación de la presencia militar rusa en Abjasia y Osetia del Sur ya habían mostrado hasta qué punto Moscú estaba dispuesta a recurrir a la fuerza para intervenir y limitar la capacidad de decisión de sus vecinos. Aunque ambos conflictos presentan diferencias importantes, permiten examinar una continuidad: el empleo del poder militar para imponer condiciones políticas y territoriales que un Estado soberano no ha aceptado........
