El desastre de PISA
Quince años después del inicio de las manifestaciones respecto a la calidad de la educación, es posible aseverar tres argumentos incómodos para todos los sectores políticos:
a) Primero, que la crítica que surgió tanto en 2006 (pingüinos) como en 2011-2012 (movimiento estudiantil) se basaba en hechos reales, es decir, que la situación estructural del sistema educativo mostraba pasivos importantes sin soluciones relevantes desde el Estado como resultado de los sucesivos gobiernos de la Concertación, quienes a su vez habían recibido un sistema educativo con numerosos pasivos en la dictadura.
b) Segundo, que las soluciones que se buscaron desde entonces, tanto en los gobiernos de Sebastián Piñera, pero sobre todo con las reformas en el gobierno de Michelle Bachelet, quien actuó con fuerte influencia de lo que posteriormente sería el Frente Amplio; solo empeoraron la situación (gastando mucho más dinero en el camino y sin diseño).
c) Tercero, que en el gobierno de Gabriel Boric no hubo agenda de políticas públicas para educación y lo mismo está ocurriendo en el gobierno José Antonio Kast.
Si este panorama que describo es cierto, no debe extrañar que nuestros resultados actuales estén fuera del ámbito de nuestras esperanzas.
Es necesario señalar que, por lo demás, el sistema educativo se ha convencido de una serie de presuntas certezas, mecanismos que facilitan la negación del problema, contentándonos con resultados altos comparados con la región latinoamericana y otras creencias superfluas que anestesian el dolor. Dentro del problema está que, mientras pensábamos nuestra aproximación al desarrollo, nunca pensamos que un país desarrollado necesariamente tiene una calidad educativa elevada. No lo vimos. Solo discutíamos sobre PIB y desigualdad económica.
Un panorama enternecedoramente ingenuo.
El tiempo pasó, en forma de décadas. Y hoy por hoy el fracaso es masivo.
Y los resultados de la prueba PISA (la prueba estandarizada mundialmente) entregados en 2026 (correspondientes a mediciones de 2025) muestra con claridad la gravedad de la situación. Usaremos esta puerta, estos síntomas, para analizar. Pero podríamos usar otros.
Comencemos con una lectura de los resultados de esta prueba.
El informe de PISA 2025 fue publicado el 8 de septiembre de 2026 y nos entrega el peor resultado de la serie chilena en matemáticas: 403 puntos obtenidos, por debajo de los 411 de 2006, con un 59% de los estudiantes bajo el umbral mínimo de competencia, es decir, casi el sesenta por ciento de los estudiantes reprueban. Hablamos de un retroceso en matemáticas de veinte años.
Desde ya advierto que varios señalarán que el problema es la pandemia, pero eso no es cierto por lo que vale la pena tomarse todo esto muy en serio. Cierto es que la pandemia generó mayores afectaciones, pero el problema es estructural. Lo cierto es que matemáticas tiene un resultado muy negativo.
Por otro lado, Lectura retrocede a 436 puntos, veintitrés menos que en 2015. Y Ciencias se mantiene estable en 442. El país conserva una posición alta en América Latina y una posición muy baja dentro de la OCDE.
El hallazgo decisivo, sin embargo, no está en las medias. Está en la forma de la distribución.
Los promedios abren la puerta del análisis, pero hay mucho más. Chile alcanza aproximadamente el 63% de la tasa OCDE de competencia básica en matemáticas, el 85% en ciencias y el 90% en lectura, pero sólo el 22% de la tasa OCDE de desempeño sobresaliente. Este punto es crucial. Tenemos una carestía de alumnos sobresalientes. Nos detendremos acá. La prueba PISA va de 1 a 6 en su calificación, es decir,........
