La mudanza de los principios (II)
"Cambia de opinión, mantén tus principios; cambia tus
hojas, mantén intactas tus raíces".
En la primera entrega referimos los principios fundamentales para consolidar una sociedad verdadera y duradera, donde podamos habitar en comunión y en modo tal, que se haga más vivible está tortuosa vida signada por monstruosas confrontaciones y conflictos bélicos absurdos.
En ese momento definimos los diez principios básicos. A saber: Dignidad humana, Igualdad y no discriminación, Libertad responsable, Respeto a la ley y el orden democrático, Responsabilidad y cumplimiento de deberes, Solidaridad y bien común, Participación activa, Justicia y equidad, Respeto por los derechos humanos, Cuidado del entorno.
Pero las sociedades están conformadas por gente de carne y hueso, que piensan de manera distinta y con intereses diferentes, disímiles, opuestos y contrapuestos. De modo que en los grupos humanos hay quienes cambian de opinión como quien muda de camisa: según el clima, quien lo acompañe o según los aplausos. Pero los principios, los verdaderos, los genuinos, son acuerdos construidos de una fibra tan real y es lo que hacen la diferencia.
Los principios no son trajes de moda, no son ornamento para desfile de ocasión, los principios no son hojas, son raíces profundas. No son veleta, constituyen la brújula que nos ayuda a no extraviarnos. En este territorio tan íntimo, donde la convivencia dialoga con la justicia, estos, se nutren de la verdad, el respeto, la solidaridad y la responsabilidad.
Los principios constituyen el fiel de la balanza, siendo el recordatorio de que vivir en sociedad no es de ninguna manera competir por el espacio, sino, compartir el destino que se torna común entre seres civilizados. Ahora bien, un ciudadano íntegro puede cambiar de parecer, del mismo modo que pueden cambiar los vientos que nos regalan nuevos horizontes, más esto, no implica un cambio de valores. La integridad ciudadana nos convoca a revisar los juicios ante los hechos.
Se puede rectificar, corregir, resarcir un error, incluso aceptar una visión distinta, lo que no se puede ni debe hacerse, es vender su equidad por mera conveniencia, ni su palabra por miedo. Lo que tampoco se debe hacer es confundir la flexibilidad de la acción o el pensamiento, con la transación de la moral. Sepan que el río bordea la piedra y los obstáculos, pero no traiciona nunca su cause.
Quienes sustentan su vida sobre principios claros saben adaptarse a las cambiantes realidades sin quebrase; entendiendo que el compromiso con el prójimo, el respeto por la vida y la lealtad por la justicia no se negocian nunca. La ciudadanía no es compartir un espacio geográfico, ser ciudadano no es quien habita una entidad geográfica, sino quien asume el deber de sostener el equilibrio moral en esta jungla de desorden ético. En estos tiempos de posmodernidad, de irracionalidad social, traiciones camufladas y desviación ideológica, conservar los principios es un acto de resistencia.
Es un acto de siembra que ninguna borrasca puede arrancar de sus raíces. Los hay por montones, los que mudan sus principios por sus intereses de poder o de comodidad. Entonces mienten, manipulan a las masas con la fuerza que el poder les otorga. Continúan usando banderas que ya traicionaron, se inventan consignas para ocultar la traición tras el poder acumulado, siguen hablando de la defensa de los pobres mientras su práctica es brutalmente opuesta.
No es permitido la mudanza de los principios, esto no es justificado jamás de todos los jamases.
