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La única razón por la que siguen vivos hoy es para negociar

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11.04.2026

La reciente declaración del presidente estadounidense, Donald Trump, emitida a través de sus plataformas digitales en la víspera de los diálogos de paz en Pakistán, no es solo un exabrupto retórico; es la radiografía exacta de una doctrina imperial que agoniza en su propia prepotencia.

Al afirmar que la República Islámica de Irán "no tiene cartas" y que su existencia misma es una concesión graciosa de Washington para permitir una negociación, el Ejecutivo estadounidense desmantela cualquier fachada de diplomacia para mostrar el rostro desnudo de la hegemonía coercitiva.

Desde la perspectiva del Derecho Internacional y la defensa de la soberanía de los pueblos, estas palabras no representan la fuerza de una potencia, sino la bancarrota moral de un sistema que confunde el diálogo con la capitulación.

Trump reduce la profundidad estratégica de Irán a una mera "extorsión a corto plazo" mediante el control del Estrecho de Ormuz. Ignora, quizás deliberadamente, que la soberanía sobre las aguas territoriales y la seguridad regional no son fichas de extorsión, sino derechos inherentes a la autodeterminación.

Por Ormuz fluye aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo líquido. Minimizar esta realidad como una "carta menor" es un error de cálculo geopolítico histórico. Irán no solo posee una posición geográfica privilegiada; posee una arquitectura de resistencia que ha sobrevivido a décadas de "presión máxima", sanciones unilaterales que, según el derecho internacional humanitario, califican como medidas coercitivas ilegales y ataques colectivos contra la población civil.

"¡La única razón por la que siguen vivos hoy es para negociar!"

Esta frase pasará a los anales de la infamia diplomática. Bajo el marco del Derecho Internacional de la Paz, la amenaza del uso de la fuerza (y más aún, la sugerencia de que la supervivencia de un Estado soberano depende del arbitrio de otro) constituye una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas.

Lo que el imperio denomina "negociación", para los pueblos del Sur Global es neocolonialismo. Al sugerir que la vida de millones de iraníes es una deuda pendiente con el Pentágono, Washington reafirma su desprecio por la igualdad soberana de los Estados. Esta narrativa busca deshumanizar al adversario para justificar cualquier agresión futura, presentándola no como un acto de guerra, sino como la revocación de un "permiso de existencia".

El escenario de Pakistán, destinado a ser un espacio de distensión, se ve empañado por esta sombra de soberbia. Mientras el mundo clama por un orden multicéntrico y pluripolar donde la paz sea el resultado del respeto mutuo, el imperio insiste en el monólogo de la amenaza.

Frente a la afirmación de que "solo siguen vivos para negociar", la historia responde con claridad: Irán sigue vivo porque ha decidido no ser una colonia. La paz no se construye sobre la base de quién tiene el poder de destruir al otro, sino sobre el reconocimiento de que nadie tiene el derecho de decidir quién vive y quién muere en el concierto de las naciones.

El artículo 2 de la Carta de la ONU no es una sugerencia; es el pilar de la civilización moderna. Mientras el imperio siga apostando por la amenaza y la prepotencia, el mundo seguirá al borde del abismo. Sin embargo, la conciencia de los pueblos soberanos es hoy más fuerte que cualquier mensaje en Truth Social.

La verdadera negociación no es sobre la supervivencia de Irán, sino sobre la capacidad del sistema internacional para frenar la barbarie de un imperio que se niega a aceptar su lugar en un mundo compartido.


© Aporrea