Izquierdas y ecologismo Una relación cada vez más necesaria
Históricamente, las izquierdas relegaron a un lugar secundario las reivindicaciones ambientales, priorizando el conflicto capital-trabajo sobre el conflicto capital-naturaleza. Hoy ese desencuentro resulta insostenible: las luchas de clases ya no pueden separarse de las luchas ecológicas. Y por eso mismo es necesario recuperar las tradiciones ecosocialistas del Norte junto a las nuevas conceptualizaciones construidas en América Latina.
Imagen: Fernando Salazar Acha/Getty images.
Históricamente, las diferentes izquierdas han sido refractarias a las corrientes ecologistas que desde 1970 han ido surgiendo a la luz de los primeros signos de la crisis ambiental y de las diferentes críticas al paradigma desarrollista. Ese rechazo se debía a que las izquierdas privilegiaban una lectura de la modernidad y del sistema social en términos de conflicto entre capital y trabajo, y minimizaban o soslayaban los conflictos entre capital y naturaleza, y por ende los impactos ambientales y territoriales del modelo de desarrollo hegemónico. En consecuencia, aunque cuestionaran el sistema capitalista por las relaciones de explotación, en líneas generales seguían apostando por el paradigma del desarrollo.
En América Latina, las izquierdas –tanto en su matriz marxista como en la reformista– han compartido este conjunto de creencias en torno de la dinámica de acumulación y el desarrollo. Por ejemplo, tanto para los estructuralistas de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) como para los autores claves de la teoría de la dependencia, lo central era el cuestionamiento de la desigualdad social y la dependencia estructural, y no el de la ideología del desarrollo. La incipiente cuestión ambiental no estaba dentro de su horizonte de conceptualización. Décadas más tarde, este consenso desarrollista se reprodujo en las izquierdas progresistas que a partir de los años 2000 gobernaron diferentes países latinoamericanos, durante el llamado «boom de los commodities».
Recordemos que el ecologismo nació como perspectiva político-social hacia fines de 1950, con la multiplicación de las esferas de conflicto y la importancia creciente de la problemática ambiental y los límites planetarios. Desde el comienzo, las organizaciones ecologistas apuntaron sus críticas al productivismo y a la ideología del progreso y el crecimiento infinito que impulsaban tanto el capitalismo occidental como el socialismo de tipo soviético, esto es, las izquierdas entonces hegemónicas. Asimismo, como otros nuevos movimientos sociales, en términos organizativos, el ecologismo aparecía como portador de nuevas prácticas, más ligadas al autonomismo y a corrientes contraculturales de izquierda, que apostaban a formas organizativas más flexibles y democráticas, en contraposición con los estilos verticales de construcción política propios de los partidos y sindicatos de izquierda.
Si bien en América Latina existían organizaciones ecologistas de carácter conservacionista desde los años 50, estas tenían escasa repercusión. Su debilidad aparecía ligada a la convicción que atravesaba tanto a las izquierdas como a las elites políticas latinoamericanas de que la incipiente problemática ecológica era una preocupación secundaria importada de la agenda de los países ricos, cuando no una suerte de artilugio ideológico que apuntaba a obstaculizar las posibilidades de desarrollo en los países más pobres. En realidad, sería desde fines de la década de 1990 y principalmente en la de 2000, frente a la amplificación de los impactos ambientales y territoriales producidos por el neoextractivismo y el simultáneo ingreso de la crisis climática a la agenda pública, cuando el ambientalismo se expandiría como fuerza social desde abajo en diferentes países de la región, estrechamente ligado a la cosmovisión de los pueblos originarios. Uno de los resultados de este proceso fue la multiplicación de la conflictividad socioambiental, y con ello, la emergencia de nuevos ámbitos de protesta, en los cuales confluían actores diversos, desde organizaciones campesinas e indígenas, nuevos colectivos ecoterritoriales, diversas ong y un espacio activista y académico pluridisciplinar y de carácter anticolonial construido en torno de la ecología política.
En este artículo me propongo abordar los encuentros, tensiones y desconexiones entre izquierdas y ecologismos en tres partes. En la primera, resumo algunos de los conceptos aportados por el ecosocialismo y el marxismo ecológico, dos corrientes académicas que han atravesado el marxismo contemporáneo y han abierto la puerta a la conexión entre luchas de clases y luchas ecológicas. En la segunda, analizo cuáles son las categorías elaboradas desde América Latina por el pensamiento ecosocial latinoamericano, y me detengo muy brevemente en el rechazo de la problemática ambiental por parte de los progresismos oficialistas, durante el llamado ciclo progresista, para volver a pensar los puentes y lazos entre Norte y Sur global. Y en la tercera reflexiono sobre los conceptos-puente entre el Norte y el Sur y los desafíos que se plantean.
Marxismo, crisis ecológica y actualizaciones
Las izquierdas de origen marxista registraron dificultades para incorporar teórica y políticamente el ingreso de la cuestión ambiental en la agenda política, así como el avance de los movimientos ecologistas. Por un lado, como hijos de la modernidad, Karl Marx y el movimiento obrero buscaban erradicar la desigualdad por la vía revolucionaria, pero no así el progreso, tal como este era entendido en su asociación con la expansión de las fuerzas productivas. Por otro lado, los movimientos ecologistas presentaban un carácter cultural y una base social policlasista cuyo objetivo era incorporar las problemáticas a la agenda pública, pero no tenían como horizonte la revolución social. Sin embargo, luego de este primer desencuentro, desde los años 70 y, con mayor fuerza, a lo largo de las décadas de 1980 y 1990, numerosos autores del Norte global se propusieron reconciliar marxismo y ecologismo, desplazando ligeramente el eje de preocupación. Antes que interesarse de modo sustancial en el devenir de los movimientos ecologistas y sus características, se propusieron analizar el alcance de la problemática ambiental en el marco de la crisis capitalista.
Sería imposible resumir los aportes que se han venido haciendo desde el campo del marxismo occidental para incorporar la crisis ecológica como inherente al capitalismo. Sin duda, autores como los franceses André Gorz y Henri Lefebvre, el franco-brasileño Michael Löwy, el español Manuel Sacristán, el alemán Elmar Altvater, así como los estadounidenses James O’Connor y John Bellamy Foster, estuvieron entre los primeros en señalar la incompatibilidad entre capitalismo y sostenibilidad ambiental, y abrieron así la posibilidad de conectar luchas de clases con luchas ecológicas.
En términos políticos, fue la izquierda trotskista de la Cuarta Internacional (liderada por Ernest Mandel) la que primero desde el ecosocialismo impulsó la articulación de ecología e izquierda, principalmente a través de Michael Löwy. En 2001, Löwy publicó en coautoría con Joel Kovel el Manifiesto ecosocialista internacional, donde se afirmaba que el ecosocialismo no se concibe como una negación de los socialismos del siglo xx, sino como una prolongación que conserva los objetivos emancipadores de estos, pero «insiste en una redefinición de las vías y del objetivo de la producción socialista en un marco ecológico»1. La principal contribución conceptual de Löwy está en el libro Ecosocialismo. Una alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista, donde caracteriza el capitalismo como un sistema no solo de explotación, sino también de destrucción de las condiciones de vida del planeta, y critica tanto la «ecología de mercado» dominante, que no cuestiona el sistema capitalista, como el «socialismo productivista», que ignora los límites naturales. Löwy propone la alianza entre los «rojos» y los «verdes», en un sentido amplio, entre movimiento obrero y movimientos ecologistas. El ecosocialismo aparece como una propuesta radical que implica un cambio de paradigma, «a través de una planificación democrática, local y nacional y tarde o temprano, internacional»2. Más allá de que Löwy critique las corrientes decrecentistas (como una visión cuantitativista que apunta a una «dictadura ecológica ilustrada»), el ecosocialismo conlleva una reorientación del consumo y la producción, en función de las necesidades básicas. De carácter más teórico-académico que político programático son los aportes del llamado marxismo ecológico, que arrancó a fines de la década de 1980 y colocó en agenda nuevas categorías como «segunda contradicción», «fractura metabólica» y «Capitaloceno». Así, por ejemplo, James O’Connor introdujo la «segunda contradicción» del capitalismo, a saber, la contradicción entre capital y naturaleza3. El capitalismo degrada sus propios recursos (contaminación, agotamiento, desgaste social) y genera una masiva externalización de los costos de producción, sociales y ecológicos. Otro de los aportes centrales es el de John Bellamy Foster, quien retomó el concepto de fractura metabólica, a partir del trabajo de Marx sobre el metabolismo entre sociedad y naturaleza, especialmente en El capital4. Para Foster, la fractura metabólica es inherente al capitalismo y compromete la sostenibilidad de las condiciones de vida y producción. Aunque para algunos este análisis del metabolismo es más dualista que dialéctico, es claro que el concepto pone de manifiesto una desconexión entre la naturaleza y la sociedad, a partir de la cual el capitalismo prioriza la acumulación de capital por encima de la sostenibilidad y la preservación del ambiente, algo que Marx ya había observado a través del agotamiento de los nutrientes del suelo en Inglaterra.
En otra línea de análisis, el sueco Andreas Malm propuso pensar la actual crisis socioecológica en términos de Capitaloceno en lugar de Antropoceno, argumentando que tal crisis no es obra de la humanidad como especie homogénea, sino de un sistema social concreto, el capitalismo, por lo cual la responsabilidad es desigual en términos de clases sociales y países. Asimismo, Malm sostiene que el capitalismo es un sistema socioeconómico que surgió en el siglo xv, mientras que el capitalismo fósil es un periodo particular que comenzó a principios del siglo xix y en el marco del cual se formó una serie de brechas metabólicas: degradación del suelo, cambios en los ciclos del nitrógeno y el carbono5. Por su parte, el estadounidense........
