La Doctrina Monroe Génesis del intervencionismo en América Latina y el Caribe
Adentrarnos en una materia tan ampliamente estudiada y debatida por todo tipo de personas —desde intelectuales, políticos, analistas de renombre mundial hasta la más humilde de las mujeres y los hombres de nuestros pueblos— todos con conocimiento de causa y altos perfiles discursivos para el debate y la discusión, no resulta tarea fácil. Sin embargo, motivado por los recientes acontecimientos que sacudieron el suelo de nuestra patria y por ende la sensibilidad colectiva de todos los venezolanos, me atrevo a hacer un esbozo crítico, no metodológico, que sirva como puente al tránsito de las ideas, del argumento y del análisis consciente, de todas nosotras y nosotros, en torno a la tristemente célebre y aún vigente Doctrina Monroe.
Para este fin tomo como instrumento guía la obra literaria “La doctrina Monroe contra América Latina y el Caribe, 1823-2023” del historiador cubano Carlos Oliva Campos, en la que, a manera de compilación, recoge la narrativa de extraordinarias y extraordinarios conocedores y estudiosos académicos, que iremos identificando en las siguientes líneas.
Los hechos históricos:
A manera de marco referencial del momento histórico en que se promulgó la Doctrina Monroe, analicemos lo siguiente:
James Monroe fue el quinto presidente de los Estados Unidos. Ejerció su mandato durante dos periodos consecutivos, entre 1817 y 1825, siendo el último de los llamados “padres fundadores” en ejercer la primera magistratura de ese país. Paradójicamente quiso la historia que su etapa al frente del gobierno fuera conocida como “la era de los buenos sentimientos”. ¡Vaya paradoja! (cabe la redundancia). Más adelante podremos sacar nuestras propias conclusiones; en lo particular, me inclino a llamarle “la era génesis del intervencionismo”; ya veremos el porqué.
Para el año 1823, específicamente el 2 de diciembre, Monroe dirige su séptimo mensaje al Congreso de Estados Unidos. En él, hace un análisis que triangula, de forma favorable a sus ocultas y ambiciosas intenciones, la situación de “desprotección” de los estados del continente recientemente independizados ante las “amenazas expansionistas” de tres potencias europeas agrupadas en la denominada “Santa Alianza”, integrada por los imperios absolutistas de Rusia y Austria y el Reino de Prusia. Monroe invoca la “obligación moral” de los Estados Unidos de evitar el expansionismo europeo para, supuestamente, defender la territorialidad e independencia de las nuevas naciones.
Veamos qué esgrime en su mensaje, al respecto de este estado de cosas:
"...se ha juzgado la ocasión propicia para afirmar, como un principio que afecta a los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han asumido y mantienen, no deben ser considerados en lo sucesivo como sujetos a una futura colonización por parte de ninguna potencia europea."
"Debemos, por tanto, a la sinceridad y a las relaciones amistosas que existen entre los Estados Unidos y esas potencias, declarar que consideraremos cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad."
"Con las colonias existentes o dependencias de cualquier potencia europea no hemos intervenido ni intervendremos. Pero con respecto a los Gobiernos que han declarado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia hemos reconocido con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver sino como la manifestación de una disposición poco amistosa hacia los Estados Unidos cualquier interposición con el fin de oprimirlos o de controlar de cualquier otra manera sus destinos por cualquier potencia europea."
Si bien es cierto que la “Santa Alianza” pretendía devolver al Rey Fernando VII la posesión de las antiguas colonias españolas, la posición de los Estados Unidos no obedeció, como quiso señalarse, a un gesto humanitario del “buen vecino” para sostener la independencia y la soberanía de los nuevos Estados del continente. La independencia y la democracia como conceptos poco o nada les importó; pretendió más bien, erigirse, ante Europa y América, como la única potencia continental, arrogándose, para sí, toda supremacía hegemónica.
En mi concepto, es este momento histórico, génesis, alfa y raíz del actual Imperio Norteamericano; es allí donde germina la semilla imperialista e intervencionista de nuestro vecino del norte. Este argumento lo sustento basado en el análisis del discurso de Monroe, cuyos puntos clave señalo a continuación:
- Divide o secciona, a voluntad propia, nuestra única América al referirse a ella como "continentes" (en plural), aplicando de esta forma la máxima “divide y vencerás” —traducida del latín “divide et impera”— atribuida al Rey Filipo II de Macedonia (382 a. C. – 336 a. C.). Su finalidad fue la misma, ........
