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Existe una moralidad de la memoria que en Occidente hemos abandonado

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03.04.2026

A lo largo de la historia, todo pueblo con capacidad para arraigarse históricamente ha respetado diversas formas de moralidad, no solo internamente, sino también hacia otros pueblos con los que se enfrentaba, incluso militarmente.

Pueblos conocidos por la dureza de sus represalias, como los turcos o los propios romanos, se esforzaban por presentar cualquier crueldad como una retribución justa y equilibrada ante una transgresión. Esta supuesta fiabilidad de los pactos (Pacta Sunt Servanda) no era un signo de debilidad, sino de fortaleza consciente.

Para construir imperios, para permanecer arraigados en las tierras conquistadas, era necesario proporcionar un marco normativo que permitiera incluso a los adversarios de ayer encontrar su lugar a largo plazo.

El exterminio, la aniquilación del enemigo, solo se legitimaban ante la percepción de una violación de los pactos.

La razón de esta exigencia de justicia —incluso la propia— era simple: el ejercicio de la violencia arbitraria, la traición y el engaño no son «inmorales» porque «no estén bien», no por razones formales, sino por razones profundas: lo inmoral es lo que socava el «mos», socava la moralidad y socava la posibilidad de convivir dentro del marco de esas mismas costumbres.

Que un guerrero derrotado en batalla se convirtiera en esclavo puede horrorizarnos, pero era parte de las reglas del juego (la alternativa era morir en combate). Esto no significaba que todo estuviera permitido, ni siquiera hacia el esclavo.

El significado del comportamiento moral hacia el enemigo es simple: sirve para crear una plataforma para la coexistencia a largo plazo, incluso con un enemigo derrotado. Si esto no se hace, la victoria nunca se alcanzará verdaderamente.

La exhibición de un comportamiento irreductiblemente arbitrario, el abuso y la violencia sin sentido contra los más débiles crean la base para un deseo ilimitado de venganza y represalia. Esto significa que el conflicto permanecerá latente, siempre listo para resurgir: la "victoria" nunca llega realmente porque no hay un cierre definitivo.

Una de las razones por las que los nazis fueron finalmente derrotados fue la gran dificultad cultural que tenían para tratar a los demás (incluso a los colaboradores) como iguales. El supremacismo nazi dejó una huella de resentimiento por doquier, y tan pronto como la superioridad militar comenzó a desmoronarse, todo empezó a colapsar rápidamente.

Esta lección que une la política de poder y la moral ha desaparecido de la cultura israelí y estadounidense, donde la idea de Trasímaco, según la cual la justicia equivale a lo que beneficia al más fuerte, ha prevalecido durante mucho tiempo. Cabe mencionar que el antiguo Imperio Británico, con todas sus limitaciones, mantuvo la idea de una necesaria combinación de poder y moral que, en cambio, sus herederos históricos han cancelado.

Israel y Estados Unidos representan hoy una formidable potencia militar. Solo podemos imaginar los horrores que aún están dispuestos a cometer. Ya han demostrado que ni siquiera les interesa la idea de la reciprocidad, el respeto por los demás, la palabra dada, los acuerdos, cualquier forma de justicia moral que no sea el interés propio.

Esto es lo que los hace enormemente peligrosos, por supuesto, pero también lo que los conducirá al abismo. La razón por la que una población tan marginada y abandonada por el mundo como la palestina sigue siendo una espina clavada para Israel es que la violencia arbitraria nunca se olvida; permanece en la memoria de generaciones.

Lo mismo sucederá con Irán, Líbano e incluso con países que ahora parecen estar bajo control, como Irak.

Por mucho que nuestra cultura secularizada crea haber alcanzado una conciencia más perspicaz, una antigua intuición religiosa sigue vigente: a la larga, el mal cometido siempre se paga.

https://www.ariannaeditrice.it/articoli/c-e-una-moralita-della-memoria-che-noi-nel-mondo-occidentale-abbiamo-dismesso

Traducción : Carlos X. Blanco


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