La esperanza en tiempos de peste. Lo que se levanta de los escombros
Hay un libro que conviene tener cerca en las horas oscuras: La peste, de Albert Camus. Pocas obras han entendido con tanta lucidez lo que ocurre cuando una ciudad, un país o un alma descubren que la historia puede cerrarse sobre ellos como una puerta de hierro. Camus sabía que la pregunta decisiva no es cómo evitar el sufrimiento, porque a veces no se puede. La pregunta decisiva es cómo seguir siendo humanos cuando todo se derrumba.
Camus entendió algo que nuestra época, con toda su propaganda de bienestar, intenta olvidar: la felicidad no vive fuera de la tragedia. La felicidad verdadera, cuando aparece, no niega el dolor: lo interrumpe. Es una lámpara encendida dentro de la noche —no la abolición de la noche.
Pero hay horas en que hablar de felicidad parece casi obsceno. Horas en que un país queda de rodillas. Horas en que la muerte no llega como metáfora sino como escombro, como hospital colapsado, como polvo en la boca, como una madre gritando un nombre entre las ruinas. En esas horas, la palabra felicidad suena demasiado limpia para un suelo cubierto de sangre.
Los venezolanos conocemos esas horas. Las conocemos demasiado.
Porque nuestra peste no empezó ayer. Vino primero como peste política y moral: la devastación larga y organizada de un país que alguna vez se creyó bendecido por la abundancia. El saqueo vuelto método. La mentira convertida en idioma oficial. La crueldad disfrazada de justicia. Un régimen que no sólo destruyó la economía: destruyó la confianza, la continuidad, la casa interior de millones de personas. Esa fue la primera peste.
Después vino la segunda: el exilio. Porque cuando una peste política se prolonga lo suficiente, termina expulsando al alma de su propio territorio. La gente no se va solamente de un país: se va de una infancia, de una mesa, de una montaña, de una manera de nombrar el mundo. Se va de sus muertos. Se va de sus olores. Se va de una casa que, aun cuando ya no existe, sigue apareciendo en los sueños. Así Venezuela se multiplicó por el planeta —Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Lisboa— mientras una parte secreta del alma seguía haciendo fila en Maiquetía, seguía mirando el Ávila, seguía esperando una llamada imposible que dijera: ya puedes volver.
Y ahora, el 24 de junio, llegó la tercera. La peste de la tierra cuando deja de ser suelo y se vuelve amenaza.
Fueron dos terremotos. Primero uno, y treinta y nueve segundos después —treinta y nueve segundos, el tiempo de un abrazo, el tiempo de buscar a un hijo con la mirada— el segundo, más fuerte todavía. Era feriado: el día de Carabobo, en que conmemoramos la batalla que selló nuestra independencia. Por eso muchos estaban en casa. Por eso la casa, esa palabra tan sagrada, fue para tantos la trampa. La Guaira,........
