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La ceguera sobre Venezuela: prudencia falsa, complicidad real

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Hay una forma de equivocarse que es involuntaria. Y hay otra que requiere esfuerzo.

Cuando analistas internacionales de reconocida trayectoria comparan Venezuela con Irak o Libia para justificar la permanencia del régimen actual, no están cometiendo un error de información. Están haciendo una elección: ignorar lo que no encaja en una narrativa que construyeron durante años y de la que no pueden retractarse sin costo intelectual.

Examinemos la comparación. Irak era una sociedad fracturada por divisiones religiosas y étnicas que el Estado baazista contenía por la fuerza. Libia era un conglomerado de tribus sin tradición institucional alguna. La caída del régimen en ambos casos no liberó una mayoría reprimida desató fracturas preexistentes que el poder central había mantenido artificialmente selladas.

Venezuela es otra cosa. Es un país con identidad nacional sólida, tradición republicana de casi dos siglos y una sociedad civil que ha demostrado su capacidad de organizarse y expresarse políticamente en las condiciones más adversas. Las primarias de 2023, con más de dos millones de participantes organizados sin recursos del Estado, y la elección presidencial de 2024, con sus resultados documentados acta por acta, no dejan lugar a la ambigüedad. La ambigüedad, en este caso, es una construcción interesada.¿Qué explica la persistencia de esta lectura distorsionada? Tres factores que conviene nombrar sin eufemismos.

El primero es la inercia intelectual. Durante años, una parte significativa de la academia latinoamericanista interpretó el chavismo como una experiencia legítima de redistribución y soberanía popular. Reconocer hoy que ese proyecto derivó en una dictadura que destruyó la economía, expulsó a siete millones de ciudadanos y cometió crímenes documentados contra su propia población requiere una rectificación que pocos están dispuestos a hacer públicamente.

El segundo es el sesgo ideológico. Para quienes organizaron su visión del mundo alrededor de la contradicción entre imperialismo y soberanía latinoamericana, cualquier presión externa sobre Venezuela activa un reflejo defensivo que bloquea el análisis.

El tercero es más prosaico: los intereses. Hay gobiernos, empresas y personas con relaciones establecidas con el régimen que tienen razones concretas para que nada cambie demasiado rápido.

Pero hay un cuarto factor que subyace a todos los anteriores: la nostalgia ideológica. Una parte de quienes se resisten a reconocer la realidad venezolana no lo hace por inercia ni por interés lo hace porque nunca abandonó la fe en el proyecto socialista. Para ellos Venezuela no es un fracaso del socialismo sino un socialismo mal ejecutado, saboteado por el imperialismo. El problema nunca es el modelo. Siempre son las circunstancias.

Esta posición tiene un costo intelectual que sus sostenedores evitan pagar ignorando un contraejemplo que los desmonta: Polonia.

En 1989, Polonia era un país devastado por cuatro décadas de socialismo real. Economía destruida, deuda impagable, instituciones corrompidas, población empobrecida. Los mismos argumentos que se esgrimen hoy sobre Venezuela se usaron entonces: el riesgo del caos, la necesidad del gradualismo, la impreparación de la sociedad. Lech Wałęsa y Solidarność pensaron distinto. Y la historia les dio la razón sin matices: Polonia es hoy una de las economías más prósperas de Europa.

¿Por qué nadie cita a Polonia cuando habla de Venezuela? Porque Polonia refuta el argumento del caos. Porque demuestra que una sociedad con identidad nacional sólida y voluntad mayoritaria de cambio puede transformarse sin destruirse. Y porque es la prueba de que el socialismo real no es irreversible solo requiere la valentía de revertirlo.

El argumento del caos no es prudencia analítica. Es el recurso de quienes no pueden defender el régimen directamente y necesitan argumentos para perpetuarlo indirectamente. Bajo la apariencia de realismo, termina justificando exactamente lo que dice cuestionar.

Venezuela no necesita que la intelligentsia internacional la comprenda para avanzar. Pero sí merece que quienes pretenden analizarla tengan la honestidad de llamar a las cosas por su nombre.

La ceguera sobre Venezuela no es un error de percepción.

Y como toda elección, tiene consecuencias y responsables.


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