Como se protege a un bebé dormido
Hay cosas que nada ni nadie -mucho menos un país destrozado como el nuestro- puede darse el lujo de perder. Una de esas cosas es la capacidad de reconocer lo bueno.
Venezuela ha perdido tanto en estos últimos años —instituciones, empresas, patrimonio, talento, confianza, memoria— que resulta casi incomprensible que también haya quienes pretendan destruir aquello que, contra todos los pronósticos, ha conseguido sobrevivir y crecer.
Me refiero a nuestro Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela.
Lo digo con conocimiento de causa y también con afecto. Durante muchos años tuve el privilegio de ser amiga del Maestro José Antonio Abreu. Fui testigo de su determinación, de su capacidad para imaginar lo que parecía imposible, de obviar las críticas intestinas y seguir adelante contra viento y marea, y, sobre todo, de su convicción de que un niño con un instrumento entre las manos podía tener por delante un destino diferente.
Por eso he defendido El Sistema durante décadas. Lo hice cuando era fácil hacerlo y, sobre todo, cuando no lo era. Y lo seguiré haciendo.
No porque crea que El Sistema sea perfecto. No existe institución humana perfecta. No porque piense que deba estar por encima de la crítica. Todo lo contrario: cualquier institución que maneje recursos públicos o tenga una responsabilidad social tan grande debe estar sometida al escrutinio. Lo defiendo por algo mucho más sencillo: porque funciona. Y negar que funciona es negar una realidad que está delante de nuestros ojos y de los ojos de cualquiera. Como los de los estadounidenses que tuvieron la oportunidad de conocer la sede de Quebrada Honda y ver varias de las orquestas y coros en acción. Quedaron, como queda todo el que va, maravillados. Y preguntaron que por qué el edificio de al lado se veía abandonado.
El Sistema no es solamente un conjunto de orquestas. Ni una escuela de música. Ni una cantera de músicos extraordinarios. Es una de las experiencias de transformación social más importantes que ha producido América Latina. Quizá la más importante.
Y digo transformación social porque el verdadero milagro no termina en el niño que aprende a tocar el violín, el cuatro, el clarinete o el contrabajo. El milagro llega a su casa. Llega a sus padres, que comienzan a ver en su hijo posibilidades que quizá nunca habían imaginado. Llega a sus hermanos. Llega a la comunidad. Cambia rutinas, crea responsabilidades, abre horizontes.
Y aquí hay algo que a veces se pierde de vista: no todos los niños que entran a estudiar música terminarán siendo músicos de adultos. ¿Y qué? ¿Desde cuándo una experiencia educativa sólo vale si produce profesionales?
El niño que no termina tocando en una orquesta profesional también se lleva consigo un círculo virtuoso de valores: Disciplina. Orden. Responsabilidad. Puntualidad. Capacidad de escuchar. Respeto por los demás. Perseverancia. Trabajo en equipo. El hábito de hacer bien una........
