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Los que dimiten

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13.03.2026

Los jefes amarran sus culos contra las poltronas mediante anclajes de acero galvanizado

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Cualquier militante del PSOE es un ser de luz preñado de pensamientos bondadosos, y cualquier militante de Vox es un sujeto maligno que supura veneno diabólico. Ustedes y yo lo sabemos, la duda ofende. Por eso, lo del vasito de café que, en principio, le arrojó un concejal socialista a otro voxero ... no sucedió como las imágenes indican, en absoluto. En realidad, el mozo del partido españolísimo es un experto en telequinesia, como aquella Carrie que para vengar las burlas provocó una sangrienta escabechina en el baile que celebraba la graduación del fin de curso. El tipo empleó sus poderes telequinéticos, tachonados además por gruesas dosis de vudú haitiano y algo de yuyú de extra de película de Tarzán, para conseguir que el café saliese disparado hacia su faz. El sociata, aún siendo inocente, ha dimitido.

No ha sido la única dimisión de estos días. Una concejala pepera frenó en alarde censor un monólogo que había contratado sin, detalle curioso, incluso escandaloso, comprobar el percal de la mercancía alquilada. Por las bravas. Trotando sobre el escenario como una Atila de las sanas costumbres o una Rottenmeir de los exquisitos modales, se fundió la representación por su mera cara. Al menos también ha dimitido, con lo cual, no es cierto que en España nadie dimita, sino que sólo pringan hacia la puerta de salida, carilargos y compungidos, con los pies dislocados, la tropa del último escalón, los peones prescindibles. Los jefes amarran sus culos contra las poltronas mediante anclajes de acero galvanizado. ¿Accidentes de tren, promesas incumplidas, viajes del Falcon, chanchullos variados de parentela de moral desviada? Bah, ahí no se dimite. «Palomar, si crees que la política nacional es cutre y la mayoría de los ministros unos analfabetos funcionales, ni te cuento los que andan en politica municipal…», me dijo hace años en una redacción un veterano periodista de despacho esquinado mientras empalmaba sus pitillos de tabaco negro. Tenía razón. Pero al menos dimiten. Bueno, o mejor dicho los dimiten y ellos apechugan con el castigo porque… son el penúltimo mono del circo.


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