El móvil de la Paqui
Doña Francisca por fin acudió hasta el Senado para ofrecernos otro episodio de caspa y mugre que tanto nos conmueve
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Cuando los jugadores de fútbol bajan del autobús y se incrustan en las entrañas del estadio, portan en modo diadema unos cascos 'vintage' donde se supone que escuchan melodías reguetoneras, o clavan contra su oreja un móvil con el que fingen hablar con alguien, posiblemente ... con la nada. De ese modo escapan de la estrepitosa hinchada que pretende cazar su autógrafo. La estrella de turno encontró ese truco y el resto, aunque a lo mejor nadie les reclama la firma, emplea el ardid porque en su ecosistema todos se copian. Se tatuó hasta las cejas Beckham y los demás lo imitaron. Un futbolista sin tatuajes es como el infierno con las puertas congeladas.
Doña Francisca, también conocida en su pueblo como 'la Paqui', por fin acudió hasta el Senado para ofrecernos otro episodio de caspa y mugre que tanto nos conmueve porque, en cierto modo, ratifica que todo sigue igual, que el sainete adquiere fundamento y que gozamos de unos personajes que ni en el peor de los culebrones. Doña Francisca, pues, se amarró contra su móvil como una estrella del balón pero con un carácter de defensa leñero que ni el mejor Benito de sus tiempos. Vaya humos, los de doña Francisca. Derramaba desprecio cuando levantaba la mirada. Menos mal que la levantó poco porque sus pupilas destilaban rayos exterminadores mezclados con sangre de alien. El móvil de la Paqui (ahora sí, Paqui, que a estas alturas del texto ya hay confianza) actuó como el escudo del capitán América, como el búnker de un japo en Okinawa o como el traje antibalas de John Wick. Confiesa la Paqui que anda amustiada de salud. Caray, pues lo suyo, con tal desparpajo y tanta chulería, será mala salud de hierro, de acero o de titanio. Su ímpetu apabullaba, asustaba. Ahora bien, lo de usar el telefonillo como blindaje de silencio no dejó de ser una fruslería tontorrona. Para escandalizar y reforzar su desdén, lo suyo habría sido sacar un libro, una novela, y ponerse a leer. Pocas demostraciones irritan tanto al español como alguien leyendo pacífico y a su bola. Claro que, pinta de leer a nuestros clásicos, la verdad, no gasta la Paqui.
