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Los incendiarios

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31.07.2026

Los incendiarios no necesitan únicamente gasolina. Necesitan, sobre todo, que alguien les abra la puerta. Y que, llegado el momento, les entregue las cerillas con la mejor de las conciencias

Hay obras que sobreviven a su tiempo porque, en realidad, nunca hablaron de él. Utilizaron una circunstancia histórica para describir una constante de la condición humana. 'Biedermann y los incendiarios', de Max Frisch, es una de ellas. La pieza comienza como una comedia y termina como una tragedia. O quizá habría que decir que termina como suelen terminar las comedias cuando quienes las protagonizan se empeñan en ignorar la realidad.

En una ciudad donde se multiplican los incendios provocados, un acomodado fabricante llamado Gottlieb Biedermann decide acoger en su casa a dos desconocidos. Son hombres de aspecto inquietante, de modales groseros y conducta cada vez más sospechosa. Suben al desván numerosos bidones de gasolina. Hablan con una franqueza casi insolente de los incendios que asolan la ciudad. Apenas se esfuerzan en ocultar quiénes son. Sin embargo, Biedermann se obstina en no ver lo que tiene delante. Siempre encuentra una explicación tranquilizadora. Siempre interpreta los hechos de la manera más benévola posible. Antes que aceptar la evidencia, prefiere preservar la cómoda imagen que tiene de sí mismo como hombre razonable, hospitalario y civilizado. Cuando ya resulta imposible seguir fingiendo, su colaboración con los incendiarios ha llegado tan lejos que será él mismo quien les entregue las cerillas con las que prenderán el fuego que acabará devorando su casa.

Esa es la verdadera genialidad de Frisch. Los incendiarios no vencen porque sean especialmente astutos. Vencen........

© ABC