Shakira, el despecho que baila
Shakira, el despecho que baila
Hoy suena más directa, pero conserva un timbre único, dispar ante las reguetoneras en curso o las gogós del pop. No hay muchas artistas capaces de sobrevivir a tantos virajes sin diluirse
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Torrente, un éxito de camisa sudada
Ángel Antonio Herrera
Escribía Umbral que un académico es un señor que, al morirse, se convierte en sillón. Shakira es una académica de su ombligo glorioso, y no se ha muerto, obviamente, sino que es aún el esplendor, y naturalmente tampoco se ha convertido en sillón, pero sí ... en estadio. Eso es el éxito. En Madrid, cerrará, en verano, la gira 'Las mujeres ya no lloran', con tres conciertos dentro de un estadio propio. Va a ser Shakira como un club de fútbol, pero un club de ella sola. Yo creo que, con esto, ya puede uno o una retirarse, aunque no va a ser el caso de Shakira, que reingresó en la soltería y no ha parado.
El famoso termina de serlo del todo cuando le cae encima un foco de autoserie o un foco de Hacienda. A Shakira le han pasado las dos cosas, pero ahora reaúpa la condición de la fama a tener un estadio propio donde dar tres conciertos seguidos. Es como una Champions del ritmo, contra ella misma. De manera que Shakira no para. Ha dicho que no nació para el término medio, y se le nota. Vive en el reguetón de la ambición en pie, en un dorado 'reprís' que abarca el mundo entero. A ratos parece que hay varias Shakiras funcionando por ahí a la vez, repartidas entre continentes, causas y escenarios. Está la Shakira de los juzgados, sobria, casi institucional, como abogada de su propio personaje. Y está la Shakira otra, la que aparece en escena como si el vestuario fuera un accidente. Entre una y otra hay un brinco que ella cumple despeinadamente, como quien cambia de canción en mitad del concierto. Aceptó sus cuentas pendientes con el fisco, soltó millones como quien orea confeti, y se fue lejos para estar siempre muy cerca. Porque Shakira es, además, una especie de fenómeno migratorio dentro de sí misma. Una artista que pertenece a muchos sitios y a ninguno. Colombiana, sí, pero chavala global. Su 'Waka Waka' la convirtió en el latido de un Mundial histórico. Ahí nació su amor por Piqué, que duró lo que duró. Por amor, se hizo Shakira del Barca. La ruptura, después, no fue silenciosa, precisamente. Y así dio Shakira en el desamor como inspiración, en el chisme propio como himno internacional, en la venganza como discografía de tirón. Esto fue siempre patrimonio del bolero, pero Shakira actualizó el cabreo de despecho desde la energía tropical. Si está entre mal y muy mal, pues baila.
Shakira ha reinventado la coreografía como sutura emocional, como desmelene psicológico. Si la atendemos, resulta mejor ir a la discoteca que pedir hora en el psiquiatra. Ha sido invitada a mesas de educación, a causas sociales, a espacios donde el pop suele llegar tarde o no llegar nunca. Musicalmente, su trayectoria tiene algo de viaje que se va simplificando, sin perder voltaje. En los primeros discos hubo una exploración de riesgo, una voz que se buscaba las grutas interiores. Hoy suena más directa, pero conserva un timbre único, dispar ante las reguetoneras en curso o las gogós del pop. No hay muchas artistas capaces de sobrevivir a tantos virajes sin diluirse. Ella lo ha logrado porque se afina a bordo del instinto y la insistencia.
Finalmente, está la Shakira visual, la del videoclip como ropero público. Ahí ha construido algunas de sus imágenes más perdurables, desde coreografías que se copian en las bodas hasta colaboraciones con Rihanna, donde la canción casi incluye el porno de lencerías. Y en medio de todo, asoman hijos, mudanzas, rutinas. Shakira es, en el fondo, una forma de permanencia en un mundo eléctrico. Ha logrado convertir la inestabilidad en estilo y la exposición en ventaja. Con estadio propio.
