Vivir sin esperanza
Creo que de la muerte de Noelia Castillo se ha dicho casi todo. A pesar de ello me gustaría compartir con ustedes una breve reflexión. En el prólogo del libro Experiencia de la muerte, de P. L. Landsberg, el filósofo Higinio Marín afirma que la muerte hoy es un hecho marginal, un fenómeno casi proscrito. La muerte ha heredado, según Michel Foucault, el carácter obsceno, escandaloso, que tuvo el sexo en otras épocas.
Con Noelia ha ocurrido algo diferente. Su muerte se ha presentado como una apología de derechos y libertades individuales; el tabú verdadero en esta ocasión tiene que ver con nuestra incapacidad de aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestras vidas. Por eso se ve "humano" que se permita que alguien pueda poner fin a su padecimiento. Dicho de otra manera: hay que erradicar el sufrimiento por encima de todo porque entra en contradicción con eso que denominan "estado del bienestar".
El final de la vida de esta joven nos debe hacer reflexionar sobre el sentido que damos al sufrimiento en nuestras vidas. Es decir, de qué manera nos preparamos para lo que es inevitable: envejecer, enfermar y morir; o cómo afrontamos las terribles adversidades que pueden echar por tierra una biografía, como le ocurrió a Noelia. En realidad, si es posible vivir sin esperanza, como recuerda Unamuno en Vida de Don Quijote y Sancho.
El tabú verdadero en esta ocasión tiene que ver con nuestra incapacidad de aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestras vidas
Resulta contradictorio que, en una época en la que disfrutamos de una calidad y esperanza de vida inconcebibles para nuestros antepasados, batamos récords en consumo de ansiolíticos, inventemos todo tipo de procedimientos para ocultar que nuestro cuerpo envejece y se den casos como el de esta joven catalana, donde se constata que es imposible vivir sin esperanza. No está de más que en esta Semana de Pasión nos preguntemos qué sentido damos a nuestra existencia y a nuestro inevitable final. Descanse en paz, Noelia Castillo.
