El valor de un reencuentro
El valor de un reencuentro
Cuando se llega a los sesenta años, la vida parece mirarse con otros ojos. Se develan situaciones que adquieren un valor especial, que se elevan por encima de un momento cualquiera. Algunas de ellas se extrañan cuando ya no las tenemos; otras, en cambio, se atesoran cuando la vida nos concede la oportunidad de volver a vivirlas.
Cada una de nuestras vidas, si escudriñamos en nuestros recuerdos, se construye también sobre la base de aquellas experiencias que nos movilizan. Las ordenamos, las interpretamos y les damos significado de acuerdo con nuestros intereses, nuestras convicciones y la mirada que el tiempo nos ha permitido desarrollar. Y no hay nada de malo en ello. Es, quizás, una tendencia natural del ser humano: buscar sentido y trascendencia en nuestras acciones y también en nuestras omisiones.
Tratamos de entendernos, de justificarnos, de organizar los acontecimientos de nuestra vida en secuencias que nos sirvan como referencia; que nos permitan arribar a conclusiones y que, de alguna manera, nos ayuden a hacernos responsables de lo que hicimos, de lo que dejamos de hacer e incluso de aquello que, por distintas circunstancias, no pudimos hacer.
Entonces, nuestra infancia y nuestras familias aparecen en el horizonte del recuerdo. Son referentes fundamentales para comprender quiénes somos y, muchas veces, también para explicar nuestras decisiones. Allí encontramos un reservorio inmenso de situaciones que nos acompañarán durante toda la vida. Algunas las compartiremos una y otra vez en reuniones familiares o con amigos; otras permanecerán silenciosas en algún rincón de........
