Del corazón al dato: la valentía de medir el impacto social
El sector social en Colombia posee una vocación admirable y una generosidad sin límites. Sin embargo, nos enfrentamos a un reto histórico: asegurar que nuestras grandes intenciones se traduzcan en resultados reales y, además, que seamos capaces de demostrarlo.
A menudo el deseo genuino de transformar territorios nos lleva a priorizar la narrativa sobre la evidencia, pero en la gestión social la empatía debe ir de la mano con la precisión. Si no medimos, corremos el riesgo de actuar bajo percepciones cuando las necesidades de las comunidades, y de los aportantes de capital, exigen respuestas basadas en hechos.
La OCDE considera que la medición de impacto es el puente indispensable para garantizar que el capital social genere un retorno real en bienestar humano. Pero medir implica valentía; es aceptar la posibilidad de que un proyecto querido deba ser ajustado o, incluso, replanteado, de allí que la filantropía estratégica no sea un ejercicio de caridad pasiva sino un entrenamiento de responsabilidad técnica. Sin datos, la inversión social es solo una intención, pero con ellos, es una verdadera herramienta de cambio.
El cierre de 2025 nos dejó lecciones fundamentales en One Inversión Social, entre ellas, que el capital estratégico es tan vital como el financiero. El año pasado gestionamos cerca de dos mil millones de pesos en aportes a los proyectos que hacen parte de nuestro portafolio, pero además entregamos cerca de 500 horas de trabajo dedicado a fortalecer la medición y la estrategia de las organizaciones. En nuestro contexto la eficiencia en el gasto es un imperativo ético y el acompañamiento al talento, es la premisa estratégica.
El rigor nos permite ver lo que la intuición ignora. Por ejemplo, en uno de nuestros proyectos de educación pertinente, que busca formar para el trabajo a jóvenes en condición de vulnerabilidad, el indicador de cumplimiento porcentual bajó del 65% al 40% entre 2024 y 2025. Una mirada superficial dictaría un fracaso, pero la métrica rigurosa nos reveló otra cara y es que pasamos de 11 a 12 jóvenes graduados. Ampliamos la cobertura, pero el porcentaje disminuyó porque la meta de inscritos creció de manera significativa. Este dato nos ayudó a entender que no basta con ampliar la capacidad si no logramos que cada joven cierre su ciclo con éxito, garantizando formación y empleabilidad.
Medir nos enseña que algunas veces es preferible profundizar el impacto en un grupo menor que diluir los esfuerzos en la masividad. El reto que tenemos para este 2026 es abrazar la métrica como nuestra mejor aliada.
Nuestra metodología #BeONE es una invitación para que el sector dé un paso trascendental: pasar de la cultura del “hacer” a la de “transformar”. Al final del día, el compromiso con el país se demuestra maximizando cada peso para que el cambio no sea solo un sueño, sino un hecho comprobable.
