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Therians: ¿alerta real o alucinación colectiva?

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24.02.2026

Jamás me ha llegado un therian al consultorio. Tampoco he escuchado a colegas psicólogos o psiquiatras reportar una oleada de adolescentes creyéndose animales o mordiendo personas. Ninguna institución de salud mental ha declarado alarma clínica al respecto.

Lo que sí he visto es un montón de gente escandalizada con las redes sociales llenas de “casos” de therians preguntándose: “¿A dónde hemos llegado?”; y de interpretaciones alarmistas que van desde crisis colectiva de identidad y fallas familiares, educativas o sociales, hasta ideología de género o epidemias de enfermedad mental.  El fenómeno que tenemos enfrente no es el auge de los therians sino el de la falta de criterio para consumir, crear y difundir contenido.

Las redes sociales —potenciadas hoy por la IA— han amplificado y caricaturizado este tema: Videos falsos, escenas exageradas, contenidos humorísticos presentados como noticias. Muchos de ellos son sátira o simplemente búsqueda de viralidad, pero los adultos los consumimos sin cuestionar, los compartimos indignados y confirmamos nuestra sospecha:

“Los jóvenes se salieron de control”.

“Los jóvenes se salieron de control”.

Después de revisar el tema, la conclusión a la que llego no es que los adolescentes hayan perdido el control. Más bien, parece que muchos de ellos se están divirtiendo al ver cómo los adultos entramos en pánico.

Primero, aclaremos, los therians son una subcultura juvenil —como lo son los punkeros, skaters, emos u otakus— existente desde los años noventa. Surgió en foros de internet dedicados a la fantasía y la literatura, donde algunas personas expresaban una fuerte conexión simbólica con determinados animales y, de manera temporal y lúdica, disfrutaban usar máscaras, accesorios o participar en juegos de rol asociados a ellos.

Lo fundamental es que mantienen plena claridad de que son humanos y viven como tales.

Lo fundamental es que mantienen plena claridad de que son humanos y viven como tales.

Los therians reales —no los de los videos virales recientes donde están bromeando, imitando y creando imágenes con IA— no creen literalmente que son animales. No han perdido el contacto con la realidad, no presentan alucinaciones ni delirios, no se hacen daño ni le hacen daño a nadie, y pueden distinguir claramente entre el juego simbólico y la vida cotidiana.

Si el supuesto therian que conoces realmente cree de forma permanente que es un animal, no logra salir de ese rol, y presenta alucinaciones o ideas delirantes, entonces sí es necesario buscar una evaluación psiquiátrica. Pero aclaro desde ya: en ese caso ya no estaríamos hablando de la pertenencia a un subgrupo sino de una condición clínica.

Creo que gran parte de la confusión actual surge del uso impreciso de la palabra identidad. Identificarse con algo o alguien hace parte normal del desarrollo humano. A lo largo de la vida nos conectamos, resonamos, con características de personas, grupos, movimientos culturales, etc. donde nos vemos reflejados de algunamanera. Creer que tenemos similitudesy/o cosas en común con algo/alguien NO se traduce en creer que somos aquello.

Estamos hablando de afinidad simbólica, no de identidad estructural. La identidad no es un disfraz ni un juego.

Estamos hablando de afinidad simbólica, no de identidad estructural. La identidad no es un disfraz ni un juego.

El ruido mediático está equiparando este tema con la identidad de género como si ambos pertenecieran a la misma conversación y definitivamente NO. La identidad de género se refiere a la experiencia interna y relativamente estable de lo que soy: hombre, mujer, no binario; no a un juego ni a la pertenencia a una subcultura. Confundir una experiencia identitaria profunda con una práctica simbólica o lúdica empobrece el debate, desinforma y ridiculiza realidades respecto a la identidad de género que merecen ser comprendidas con seriedad, y termina generando un pánico moral innecesario.  

Pertenecer a un subgrupo juvenil alternativo no significa automáticamente trauma, crisis o falla parental. Lo que corresponde a los adultos es indagar, comprender, conocer señales de alarma y verificar que dentro del grupo no se promuevan conductas de daño, aislamiento extremo o ideologías peligrosas.

Tal vez la pregunta no es qué les pasa a los adolescentes sino qué manejo le estamos dando los adultos a la información. Opinamos antes de entender y la indignación y el juicio circulan a la velocidad de la luz.  Más que alarmarnos por los adolescentes, esta es una invitación al criterio. Criterio para consumir contenido, criterio para compartirlo, y, especialmente, criterio para crearlo —sobre todo cuando hablamos desde lugares que implican responsabilidad pública, como la salud mental.


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