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Mujer, ayer y hoy

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Ser mujer no es únicamente habitar un cuerpo. Es aprender desde temprano a medir la voz, a cuidar el tono, a doblar la ropa y también el carácter cuando hace falta. Es entender que la fortaleza no siempre se anuncia; muchas veces se administra en silencio.

Ser mujer es aprender que el mundo tiene una medida exacta para ti, aunque nunca la expliquen del todo. Que seas hermosa, pero no demasiado; que destaques, pero sin incomodar; que tengas carácter, pero sin imponerte. Que hables con firmeza, pero con suavidad. Que brillen tus talentos, pero no tanto como para eclipsar a otros.

Cada mujer carga una memoria que no es únicamente suya: gestos heredados, miedos que no nacieron en ella, fortalezas que aprendió observando. Ser mujer es, también, una continuidad.

Mi abuela nació en 1949. Creció en un tiempo donde ser mujer significaba, casi siempre, sostener. Sostener la casa, la comida, los hijos, incluso, las decisiones que no se tomaban en voz alta. Su mundo tenía límites claros: el deber primero, el deseo después. No porque no soñara, sino porque el sueño tenía horarios y permisos. Aprendió a resistir sin nombrar la resistencia.

Para ella, ser mujer era cumplir, cuidar, permanecer. Treinta años después nació mi madre, heredó ese sostén y le agregó movimiento. Estudió, trabajó, quiso crecer profesionalmente. Si mi abuela sostuvo desde el silencio, mi madre lo hizo desde el equilibrio. Salía a trabajar y regresaba a continuar lo que parecía no terminar nunca. En ella, ser mujer es dividirse sin romperse.

Luego nací yo. Crecí viendo a mi madre correr y recordando a mi abuela permanecer. Me dijeron que podía ser cualquier cosa, que las puertas estaban abiertas. Y lo están, pero también aprendí que las exigencias no desaparecen: se transforman.

A lo largo del tiempo aprendemos que nuestra identidad parece necesitar siempre una aclaración. Si se trabaja demasiado, alguien preguntará por el hogar. Si se prioriza la casa, alguien cuestionará la ambición. Si decide no seguir ninguno de los caminos esperados, alguien querrá entender.

Porque ser mujer ha significado, muchas veces, vivir bajo una lupa que pide explicaciones que otros no están obligados a dar. Pero en mi forma de organizarme hay algo de mi madre. En mi manera de resistir, algo de mi abuela. Ellas aprendieron a adaptarse; yo aprendo a redefinir. No hay un molde universal que contenga todas las versiones posibles.

Hay mujeres que maternan y mujeres que no. Mujeres que hablan alto y mujeres que eligen el silencio. Mujeres que dirigen empresas, que cultivan la tierra, que escriben, que curan, que enseñan, que comienzan de nuevo a los 50 o a los 20 porque la experiencia femenina no es una línea recta: es un abanico.

Quizá lo más complejo de ser mujer sea precisamente eso: habitar una identidad que no es fija. Heredar una historia y, al mismo tiempo, tener que reescribirla. Cargar una memoria y decidir qué partes conservar y cuáles transformar. Ser raíz y ser cambio a la vez. Ser un molde. Ser una suma. Ser una construcción viva.

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