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Y un nuevo mundo para ti

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11.09.2026

El Romanticismo convirtió la montaña en una de sus imágenes predilectas. Si la llanura o el jardín ordenado simulaban una armonía clásica carente de sustancia y libertad interior, la montaña ofrecía el espectáculo de una naturaleza excesiva, abrupta, indócil, tan encantadora como peligrosa y tan inocente como espontánea.

Sus cimas, sus precipicios y sus mares de niebla se convirtieron en escenario y en refugio para buscar toda una serie de experiencias desbordantes que la civilización de abajo, por desventura, ya no podía ofrecer.

Allí arriba aguardaba algo, algo que entrelazaba la fascinación con el temor, una fuerza extraña que en su desmesura engrandecía a la vez que disminuía a ese pobre y desamparado sujeto moderno, necesitado siempre de nuevas emociones.

De ahí la conocida imagen del individuo solitario que, detenido en las alturas, contemplaba el horizonte como si desde aquel lugar pudiera interrogar a la vez la profundidad de la naturaleza y la de sí mismo; ese que, como en la pintura de Caspar David Friedrich, permanece erguido sobre un promontorio rocoso mientras un mar de niebla cubre el mundo a sus pies.

Lo cierto es que dicha preferencia por las alturas respondió a una mutación histórica más profunda. En la modernidad, la vida citadina había comenzado a hacerse cada vez más regular y segura, y, a medida que ese proceso avanzó, la imaginación tuvo que buscar en los paisajes extremos una compensación.

La montaña se convirtió así en el reverso de la ciudad moderna, en el lugar donde aún parecía posible........

© Vanguardia