La política del espectáculo
Hace casi 50 años, un filósofo alemán, Jürgen Habermas, reflexionó sobre una pregunta que hoy vuelve a sentirse urgente: ¿cómo puede sostenerse una democracia cuando el diálogo público se deteriora? dicho de otra manera, cuando el intercambio de ideas se convierte en un pulso de afrentas personales en donde “subir el volumen” o descalificar sin argumentos, da forma a un escenario de desencuentros en donde todos perdemos.
Este pensador, tal vez uno de los más influyentes, que falleció hace pocos días, dedicó gran parte de su vida a pensar la reconstrucción democrática de Europa después de las tragedias políticas del siglo XX. Su apuesta era clara: las sociedades democráticas solo pueden sostenerse si los ciudadanos debaten en público con argumentos, si están abiertos a escuchar al otro y si reconocen a ese otro como un interlocutor válido. No se trata de eliminar los desacuerdos sino de aprender a gestionarlos mediante la palabra.
No vivimos hoy el contexto histórico que inspiró sus reflexiones. No estamos reconstruyendo una democracia después de una guerra mundial, sí enfrentamos algo que, guardando las proporciones también debería preocuparnos: el deterioro de la conversación pública. Basta mirar el “clima” político actual en Colombia.
Estamos a pocas semanas de unas elecciones presidenciales y la percepción es que los desacuerdos se profundizan mientras el diálogo se debilita. Las emociones circulan con rapidez: la indignación, el miedo y la rabia terminan por dictar el tono de las conversaciones y el carácter de las decisiones. En lugar de debatir ideas, presenciamos ataques personales. En lugar de contrastar propuestas, abundan las descalificaciones.
Habermas advertía que cuando la política se convierte únicamente en acción estratégica: cuando todo se orienta a ganar, movilizar o derrotar, a cualquier costo, el poder termina invadiendo los espacios cotidianos donde las personas como usted y como yo, construyen sentido y conversación. Hoy lo vemos con frecuencia: reuniones familiares que terminan en tensiones políticas, grupos de amigos que repiten consignas como si fueran trincheras, debates donde nadie parece dispuesto a escuchar.
Las consecuencias para la democracia no son menores. Cuando el diálogo se degrada, también se debilita la confianza entre los ciudadanos. Y cuando la confianza se erosiona, ya sabemos, cada desacuerdo se vuelve más difícil de gestionar. La política deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en un escenario permanente de confrontación, en donde, dicho sea de paso, muchos “pescan en río revuelto” y se afincan en sus estructuras de poder y corrupción.
Por eso el pensamiento del filósofo, formulado hace varias décadas, parece dialogar con la Colombia de hoy. Su propuesta era sencilla en apariencia, pero profundamente exigente: que el diálogo sea protagonista de la vida pública, una apuesta que exige tiempo, atención, escucha y voluntad de argumentar. Gracias Habermas!
Por: María Ximena Mantilla Macías
