El ejercicio de la política
Todos este año estamos pensando en la política: vamos a elegir presidente en una situación particular donde se van acentuando las rabias ideológicas y los odios, como si estuviéramos en la época de la violencia entre liberales y conservadores, que dejó regados 300 mil muertos en los campos de este país pobre y abandonado.
Esos fueron los muertos que dejó en Colombia la guerra fratricida, porque ser liberal o conservador era suficiente para la puñalada o el tiro. A mi familia, por ser conservadora, también la persiguieron. Menos mal todo eso pasó y nos educaron sabiamente entre libros, ajenos a toda ideología que bebiera sangre. Nos preservaron de esos odios.
Hubo una época, casi tres siglos de paz política, desde la Conquista hasta la Independencia, donde no había problemas ideológicos y eso de ser conservador o liberal no existía, ni contaba para la vida cotidiana. No había muertos por ideologías, no había muertos por partidos, solo delitos por abigeato, por el chorrito de agua, por la cerca que divide, por las infidelidades, por una borrachera.
Desde que nos “independizamos” no hemos parado de matarnos, la sangre baja a los ríos desde esa época. Caudillos (finqueros) que reunían un poco de labriegos y ya eran generales. La última gran batalla fue Palonegro, donde se mataron miles para nada. Absolutamente para nada.
Tristemente, con estas elecciones que se avecinan comienza a armarse la palabra, no hay argumentos, solo agresiones. Nada de voluntad por construir país, por desarrollarlo con proyectos sociales, agrícolas y empresariales que nos saquen realmente de la pobreza, que nos eduquen, nos mejoren la salud, nos fraternicen.
Todos ya escogieron vicepresidentes, todos están montando sus equipos, pero ojalá esos equipos no aíslen a los candidatos, sino que los ayuden a gobernar para todos y no para su “partidito”. Por el bien de Colombia, depongamos los rencores y lleguemos a acuerdos fundamentales.
Que se logre educar a los colombianos integralmente y no superficialmente, que se cambie el modelo educativo, más realista y de acuerdo con las condiciones del país. Démosle a los colombianos más pobres vivienda digna. Hay creatividad y hay arquitectos para ello.
Sembremos, también, frutales en las calles y carreteras para los niños y las aves. Transformemos las calles en parques y bibliotecas. Traigamos organismos internacionales para reconstruir a Colombia, e invitemos a quienes saben cómo proteger los ríos, la tierra y nuestros bosques y selvas. Eduquemos a la juventud sin odios ideológicos.
La política, cuando es digna de su nombre, no debería ser un campo de batalla entre compatriotas, sino un ejercicio de inteligencia colectiva, de cuidado por lo común y de respeto por la vida. ¿Es pedir mucho?
