menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Una suerte de empatía

25 0
04.03.2026

Mucha gente olvida mientras va por la calle que algo más está sucediendo en la vida de otras personas, quienes a diario ocupan un espacio en ese mismo lugar.

Y es que, por lo general, cuando nos dirigimos a un sitio específico a cumplir una cita o a hacer una diligencia, la atención se concentra en llegar a nuestro destino, incluso sin importar si es o no de nuestro agrado. En otras palabras, ignoramos el recorrido por pensar en la meta.

Estas palabras, que parecieran una metáfora sobre valorar los procesos y no sólo los resultados, en realidad tiene que ver con detenerse un instante, pensar y actuar. La calle, un escenario de tránsito circunstancial, donde las ciudades demuestran estar vivas, es también el lugar de permanencia de quienes trabajan, e incluso viven y dependen del esfuerzo de salirle al paso a desconocidos; de interrumpir su recorrido para transar algún dinero a cambio de unas palabras, un servicio o un producto.

¿Cuántas veces nos ha invadido el enfado porque alguien nos aborda en la calle buscando una ayuda para su sostenimiento? Pero, también, ¿cuántas veces hemos actuado distinto, movidos por cierta bondad que nos impulsa a contribuir con la necesidad del que busca su sustento en la vía pública? Aquí lo importante es ser autocríticos para identificar cuándo y por qué actuamos diferente, en cada uno de estos casos.

Empatía y simpatía son dos conceptos que acostumbramos a confundir a conveniencia, cuando interactuamos con desconocidos y reaccionamos automática o instintivamente a sus solicitudes. Invito al lector a que consulte la definición de cada uno de estos términos, pero sobre todo a que examine cuándo es que su actuar está guiado por cada una de estas habilidades y sentimientos; porque la calle es de todos, aunque algunas personas se perciban a sí mismas poseedoras de mayores derechos.

Hace muy poco noté que comparto unas monedas con entusiasmo con artistas callejeros y compro alguna mercancía a vendedores ambulantes, porque mi historia de vida me conecta fácilmente con ellos. Pero también reconocí que otras personas, en condiciones similares, que ejercen otros oficios, me han sido totalmente indiferentes. Entonces entendí que incluso siendo solidarios también tenemos preferencias y que colaboramos con los demás guiados por las apariencias.

No hay una única forma de construir y mejorar la sociedad, ni es una tarea exclusiva de unos más que de otros. Lo que sí podemos hacer con ese pedacito de existencia que ostentamos desde nuestros cuerpos es esforzarnos por aprender a interpretar la realidad social más allá de nuestra limitada conveniencia y hacer algo, por mínimo que sea, por quienes están en las calles y más necesitan de alguien que los ayude.


© Vanguardia