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¿Deberíamos ponernos mascarillas cada otoño para evitar contagios?

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Una vez superada la emergencia que supuso la llegada de un virus nuevo, hemos entrado en una etapa distinta en la que convivimos con infecciones respiratorias agudas ya conocidas. Y este cambio ha transformado la manera de entender las medidas de prevención. La salud pública ya no se apoya en obligaciones impuestas ni en restricciones generales, como los confinamientos. Ahora la clave está en ofrecer a la ciudadanía información y herramientas para que cada persona pueda valorar su propio riesgo y actuar en consecuencia. En paralelo, es importante mejorar las condiciones de los espacios que compartimos en nuestro día a día.

Uso proporcional y contextual de la mascarilla

La mascarilla, especialmente la FFP2, continúa siendo una herramienta física efectiva para limitar la transmisión de virus respiratorios, tanto en la emisión como en la inhalación de aerosoles y gotículas respiratorias. Sin embargo, su uso debe ser modulado según el contexto epidemiológico y el perfil de riesgo de las personas afectadas.

El uso generalizado de mascarillas en áreas sensibles como urgencias, salas de espera de centro sanitarios, unidades de oncología o residencias de mayores se considera una medida de seguridad para prevenir la transmisión cruzada hacia pacientes con mayor riesgo de complicaciones.

Debe hacerse de manera escalada según la intensidad epidémica y el nivel de circulación de los virus respiratorios. Es importante informar a los pacientes y acompañantes, por ejemplo usando carteles, así como proporcionar las mascarillas en los propios entornos.

En el ámbito cotidiano,........

© The Conversation