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Una infancia rota aumenta el riesgo de que la violencia se repita

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16.02.2026

La violencia no surge de la nada. Se gesta lentamente, muchas veces en silencio, en hogares donde el miedo y la indiferencia reemplazan al afecto. Comprender cómo nace esa violencia es uno de los grandes dilemas de la humanidad: ¿somos violentos por naturaleza o es el entorno el que nos vuelve letales? La ciencia apunta a que ambas fuerzas se combinan.

Un estudio realizado en Nueva Zelanda hace ya algunos años, conocido como Proyecto Dunedin, siguió a más de mil personas desde 1972. Los investigadores observaron cómo la salud, la personalidad y las experiencias familiares marcan el desarrollo de cada individuo. Sus resultados fueron claros: cuando una personalidad impulsiva o agresiva crece en un ambiente dañino, el riesgo de comportamientos violentos y antisociales aumenta.

Algunos niños nacen con temperamentos difíciles, es decir, se frustran rápido, reaccionan con rabia o les cuesta reflexionar antes de actuar. Otros, en cambio, muestran más empatía y autocontrol. El entorno puede marcar la diferencia. Si un niño con carácter complicado crece en un hogar violento o negligente, la probabilidad de reproducir esa violencia se multiplica. Los expertos llaman a esto la “ecuación victimal”: una mezcla entre vulnerabilidad y trauma que puede transformarse en violencia si no se trata a tiempo.

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© The Conversation