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Llorar es cosa de hombres, pero solo en el estadio: el Mundial de fútbol como escuela de emociones

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10.06.2026

El Mundial de 2026 será el mayor de la historia: 48 selecciones, 104 partidos, 16 sedes y tres países anfitriones: Estados Unidos, México y Canadá. En ese contexto, conviene mirar el fútbol no solo como espectáculo global, sino como una escuela de emociones: un espacio donde se aprenden, organizan y legitiman formas de sentir. El Mundial vuelve especialmente visible esa dimensión por la identificación nacional, la movilidad entre países y la exposición mediática masiva.

Los recientes disturbios tras la segunda Champions consecutiva del Paris Saint-Germain, con más de 200 heridos, una persona muerta y más de 400 detenciones, recuerdan hasta qué punto la emoción futbolística puede desbordarse. La investigación sobre violencia en el fútbol lleva tiempo mostrando que ese desborde no es neutro: suele articularse en códigos de pertenencia, reputación y masculinidad dura.

Pero el Mundial plantea la cuestión en otro escenario: no el de un club y su hinchada, sino el de un torneo de selecciones que amplifica euforia, identificación colectiva y rivalidad. La pregunta de fondo, por tanto, no es solo por qué el fútbol emociona tanto, sino qué tipo de masculinidad encuentra ahí uno de sus espacios más visibles de expresión emocional pública.

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