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Columna de Jaime Mañalich: El hombre que alimentó a un país y no supo perdonarse

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08.06.2026

Hace algunos días se rindió un nuevo y justo homenaje a quien es probablemente el gestor de la política pública de salud más relevante de nuestra historia. En los años cincuenta, el Dr. Fernando Mönckeberg trabajaba como pediatra en La Legua, uno de los barrios más pobres de Santiago. Cada día veía morir niños. No de enfermedades raras ni de condiciones excepcionales: morían de hambre. De una hambre crónica, invisible, que los dejaba sin defensas frente a cualquier infección, que les robaba el crecimiento, que les apagaba el cerebro antes de que pudiera encenderse. El 40% de los menores de 15 años no llegaba a los 15. La esperanza de vida en Chile era de 36 años.

Mönckeberg podría haber aceptado eso como la realidad del país que le tocó. No lo hizo. Lo que hizo, en cambio, fue algo que todavía hoy parece improbable: decidió que él personalmente iba a terminar con la desnutrición infantil en Chile. Y lo logró.

El primer paso fue entender el problema con precisión científica. Entre 1954 y 1974, desde el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) que fundó en la Universidad de Chile, Mönckeberg acumuló evidencia. Publicó más de 130 artículos. Midió, cuantificó, documentó. No porque le gustara la academia —le urgía la urgencia— sino porque sabía que para cambiar políticas públicas en un país donde el 70% de los niños tenía retraso en el crecimiento, necesitaba datos que los políticos no pudieran ignorar.

La desnutrición crónica en la primera infancia comprendió, no era solo falta de calorías: era daño cerebral permanente. Un niño mal alimentado en sus........

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