Fe religiosa y democracia
Cuando se aborda la fe religiosa como asunto de reflexión, la primera precaución requiere tener presente que las creencias religiosas mantienen una distancia evidente con la capacidad de razonar. El dogma, conjunto de verdades que deben ser asumidas por la persona creyente, prima sobre cualquier otra consideración.
La primera premisa es el respeto sincero por las personas, todas ellas, profesen la fe que tengan o no profesen ninguna. Esto requiere que cada persona, que sin duda es diferente a las demás, nunca se sienta mejor que ellas. Tampoco menos (autoestima). Ser persona, a secas, otorga una dignidad que todas las ideologías humanas reconocen. Cuando una ideología menoscaba esa dignidad, deja de ser «humana» y pasa a ser, por lo tanto, socialmente reprochable.
El enorme valor de la democracia es el reconocimiento de esta dignidad personal. Porque ese reconocimiento sitúa a toda la humanidad al mismo nivel, pretendiendo conjurar las tentaciones aristocráticas y autoritarias. En el momento en que se afirme que unas personas «valen» más que otras, que tienen más derechos que otras… en ese momento el fantasma de la exclusión y el exterminio sobrevuela las relaciones sociales. Y quienes hoy se pueden sentir más que otras personas, mañana pueden ser despreciados por otras. Ojo con esto, porque lo que en un momento se percibe como una ventaja sobre los demás, se convierte (la historia está llena de ejemplos) en la justificación para pasar a ser infravalorados por terceras personas.
Quienes predican tendencias sociales aristocráticas, sintiéndose mejores, más preparados, más listos, más inteligentes… y por ello con más derechos a decidir que otras personas menos preparadas, menos listas, menos inteligentes, deben asumir que otras personas podrán llegar a la misma conclusión respecto a ellas. Un círculo infernal se desata y, al final, solo los más........
