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Con dignidad y sin tutelas: la lección de Rómulo Betancourt, por Leopoldo Martínez Nucete

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Con dignidad y sin tutelas: la lección de Rómulo Betancourt, por Leopoldo Martínez Nucete

En estos tiempos de transición, Venezuela necesita revisar su propia historia, no para repetirla mecánicamente, sino para recuperar experiencias que ayuden a encontrar nuestro lugar en el mundo. Una de ellas es la relación construida entre Venezuela y Estados Unidos a partir de 1958.

Durante los primeros años de la Guerra Fría, Washington buscaba gobiernos estables, favorables a la inversión privada y, sobre todo, inequívocamente anticomunistas. La democracia no siempre era prioridad; a veces se consideraba peligrosa, por el temor a que abriera espacio a movimientos populares o de izquierda.

En esa concepción encajaban las dictaduras militares y las élites conservadoras latinoamericanas, que ofrecían orden, garantizaban determinados intereses económicos y se presentaban como muro de contención frente al comunismo.

Marcos Pérez Jiménez fue uno de esos beneficiarios. En 1954, el gobierno de Eisenhower le concedió la Legión al Mérito en su grado más elevado, reconociendo su colaboración con Estados Unidos y su apertura al capital estadounidense en el desarrollo petrolero. Time lo llevó a su portada en febrero de 1955 como un modernizador eficaz.

Sin embargo, en los días finales de la dictadura, Washington se adaptó con rapidez a la nueva realidad: en menos de veinticuatro horas reconoció a la Junta de Gobierno de Wolfgang Larrazábal, surgida tras el derrocamiento del dictador. El giro fue revelador: Estados Unidos no produjo el cambio venezolano, pero supo reconocerlo y dejó de interponerse en el camino de la transición.

La democracia como estrategia

Rómulo Betancourt comprendió antes que muchos que la disputa con las dictaduras no podía plantearse solo en términos morales. Había que demostrar que la democracia también era la alternativa más conveniente para la estabilidad política, el desarrollo económico y la contención del comunismo. La pobreza y la exclusión eran terreno fértil para los aventureros autoritarios; el mejor antídoto no era otra dictadura, sino una democracia capaz de producir progreso social.

Betancourt no era ingenuo. Había aprendido las lecciones del trienio iniciado en 1945 y de su traumática interrupción en 1948. Sabía que la retórica antiimperialista podía movilizar a la oposición, pero era insuficiente como política de Estado. Una vez en el gobierno, Venezuela necesitaba una relación constructiva con su principal mercado petrolero.

Esa relación, sin embargo, no podía fundarse en la subordinación: en determinados asuntos........

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