AFD: el partido más peligroso de Europa, por Fernando Mires
AFD: el partido más peligroso de Europa, por Fernando Mires
Antes de aplicar un concepto polÃtico conviene saber si lo hacemos como agravio o como denominación. Sucede con los diversos significantes, no solo en polÃtica. La mayorÃa de ellos tiene una doble significación: la del uso cotidiano y la del uso especÃfico.
Por ejemplo, ya hemos dicho en otras ocasiones que a veces usamos las palabras, derecha extrema o izquierda extrema, para referirnos a nuevos movimientos o partidos que siguen orientaciones provenientes de gobiernos como los de Putin o los de Trump, o de ambos a la vez. Pero, si escarbamos un poco, veremos que izquierda o derecha son denominaciones intersistémicas.
Luego, no pueden ser usadas para calificar a movimientos o partidos que se plantean subvertir el sistema polÃtico establecido. En ese punto estamos de acuerdo con pensadores como Anne Appelbaum cuando afirman que las nuevas apariciones antisistémicas, al declararse en contra del orden polÃtico internacional y por ende nacional, pueden ser denominadas como revolucionarias.
El problema para muchos es que el concepto revolución, debido a experiencias del pasado reciente, llegó a ser patrimonio de las llamadas izquierdas –no de todas, sino de las autodenominadas revolucionarias– produciéndose asà una división entre las izquierdas democráticas y las revolucionarias.
Estas últimas, por cierto, se encontraban muchas veces situadas dentro y fuera del sistema. Lo mismo sucede con partidos como AfD en Alemania los que, anidados en el sistema en donde participan, pretenden erosionar y sustituirlo por otro al que no pocos llaman fascista o neofascista.
¿No sucedÃa acaso lo mismo con los antiguos partidos comunistas del pasado? Participaban del orden «burgués» o capitalista, pero su propósito histórico era subvertir al sistema y sustituirlo por uno «proletario» o socialista.
Esa fue una de las razones por las cuales no pocos polÃticos de derecha exigÃan la prohibición de los partidos comunistas, la que, efectivamente, tuvo lugar en Alemania Occidental, aunque no con extrema dureza.
Hoy, en esa misma Alemania Federal, parlamentarios que exigen la prohibición de AfD, alegando, y a veces con buenas razones, que no son solo partidos fascistas, sino, como sucedÃa con los comunistas de ayer, se encuentran al servicio de imperios antidemocráticos enemigos de Alemania.
Los comunistas del siglo XX seguÃan a la URSS, la AfD sigue al imperio de Putin. De modo que cuando algunos parlamentarios democristianos y socialistas se refieren a AfD como «enemigos de la patria» podrÃa parecer exagerado, pero erróneo no lo es.
Los comunistas del siglo XX seguÃan a la URSS, la AfD sigue al imperio de Putin. De modo que cuando algunos parlamentarios democristianos y socialistas se refieren a AfD como «enemigos de la patria» podrÃa parecer exagerado, pero erróneo no lo es.
El concepto de patria, según los nacional populistas, es cultural, y en eso no se diferencian del nazismo hitleriano. Ese concepto, según los polÃticos democráticos, es además polÃtico y constitucional (patriotismo constitucional, para decirlo en la terminologÃa de Dolf Sternberger, adoptada por Jürgen Habermas).
Precisamente ese «culturalismo» es una de las razones por las cuales grandes masas se sienten atraÃdas en Alemania por AfD. A la «culturalidad», no a la ciudadanÃa alemana, es la que hay que proteger frente a los enemigos anticulturales representados por los emigrantes, sobre todo (por ahora) por los de origen islámico.
Esa supuesta «culturalidad» –aquà las comillas son válidas por la mayorÃa de los dirigentes del AfD son personas incultas– es la marca de fábrica de AfD.
Es por eso que los dirigentes de AfD han activado el concepto de «re-migración» (deportación dicen entre ellos) lo que quiere decir, devolver a las culturas diferentes hacia sus espacios culturales originarios. Ellos, naturalmente, creen hablar en nombre de una democracia cultural. No pueden aceptar que en el siglo XXI, democracia y multiculturalidad son términos complementarios.
Es por eso que los dirigentes de AfD han activado el concepto de «re-migración» (deportación dicen entre ellos) lo que quiere decir, devolver a las culturas diferentes hacia sus espacios culturales originarios. Ellos, naturalmente, creen hablar en nombre de una democracia cultural. No pueden aceptar que en el siglo XXI, democracia y multiculturalidad son términos complementarios.
Esa es la diferencia entre el vocabulario empleado por Alice Weidel y las otras dos mujeres lÃderes del nacional populismo europeo: Marine Le Pen y Giorgia Meloni. Las dos últimas están en contra de las migraciones masivas pero toman distancia de las expresiones de los miembros de AfD y, aunque no más fuera para no asustar a sus seguidores, entre los que se cuentan no pocos emigrantes, han optado por distanciarse del furioso lenguaje de su colega alemana.
En la mayorÃa de los paÃses........
