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El viaje de Sheinbaum

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La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, viajará a Barcelona, España, para participar en un evento internacional de carácter político., al encuentro denominado Global Progressive Mobilization, una reunión de líderes que comparten una visión ideológica común a la que etiquetan como progresismo.

El foro al que acudirán el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva; el líder del Partido de los Socialistas Europeos, Stefan Löfven; el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa; y el colombiano Gustavo Petro, entre otros, se centrará en la búsqueda herramientas de comunicación de valores compartidos y la construcción de acciones coordinadas a futuro.

En otras palabras, narrativa y movilización. Ante la falta de resultados visibles en varios de estos gobiernos, solo queda la propaganda, la arenga y la polarización como mecanismos de cohesión política, por ello no es casual que el eje del encuentro gire en torno a la comunicación, discursos y jornadas de “solidaridad”, y no a políticas concretas.

En este contexto, la participación de Sheinbaum deja de parecer un acto diplomático convencional, para acercarse a una toma de posición ideológica.

El Global Progressive Mobilisation no es un foro cualquiera; es un espacio de articulación de liderazgos progresistas que buscan reposicionar —y en algunos casos rescatar— al populismo de izquierda frente a un entorno internacional que lo cuestiona.

El contexto internacional es clave. En países como Hungría, bajo el liderazgo de Viktor Orbán, o Argentina, con el giro liberal de Javier Milei, se ha consolidado una reacción frente a los excesos del progresismo: concentración de poder, debilitamiento institucional y una narrativa que divide entre “pueblo” y “élite” para justificar decisiones autoritarias.

Por ello, este tipo de encuentros más parece un frente de contención ideológica que un espacio de diálogo, porque no prevalece la construcción de consensos, sino reagrupar a una corriente política que se desgasta y pierde legitimidad en distintos países.

En ese marco, la presencia de la presidenta mexicana envía la señal de que México se alinea con esta agenda internacional y, de paso, exhibe una contradicción en la política exterior de su administración.

Hasta ahora, la presidenta no ha realizado visitas de Estado que impliquen encuentros bilaterales estratégicos, construcción de acuerdos o fortalecimiento institucional con otros países. Su presencia internacional se ha limitado a foros multilaterales por invitación, como el G7 o el G20, donde su participación ha sido más protocolaria que propositiva.

Más aún, ha declinado asistir a espacios de mayor relevancia económica y geopolítica, como el Foro Económico Mundial en Davos, una plataforma clave para atraer inversiones y posicionar al país en cadenas globales de valor o la Cumbre de las Américas, un espacio natural para México dada su ubicación estratégica. Ambos han sido relegados por una administración que prefiere entornos ideológicamente afines.

Pero la política exterior no puede reducirse a afinidades ideológicas. Requiere visión de Estado, equilibrio y pragmatismo. México es una de las principales economías del mundo, socio clave de América del Norte y actor relevante en América Latina y su representación internacional debería responder a esa realidad.

Desviación diplomática

Este viaje a España lo ilustra: en medio de una situación delicada, por las tensiones heredadas desde el sexenio anterior, el viaje de Sheinbaum lejos de responder a una lógica de fortalecimiento bilateral, parece alinearse a una agenda política cercana a los intereses de Morena. El tema de fondo trasciende lo diplomático y apunta a la construcción de una red internacional progresista populista.

Entonces ¿a quién representa la presidenta en el extranjero? ¿Al Estado mexicano o a un proyecto político específico?

La respuesta es crucial. Cuando un jefe de Estado actúa como líder de movimiento en el ámbito internacional, corre el riesgo de diluir la institucionalidad y de comprometer la neutralidad que históricamente ha caracterizado a la diplomacia mexicana, basada en principios que la 4T evoca cuando le son de utilidad,como la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.

Sin embargo, la participación en este foro confirma que latradición parece ceder ante una lógica de alineamiento ideológico y, en un mundo cada vez más competitivo, donde otros países diversifican alianzas, fortalecen su presencia globaly buscan inversiones, México parece replegarse cómodamente aespacios de afinidad política.


© SDP Noticias