Es mejor ser un abogado bueno que un buen abogado
La mujer grita en la sala. El niño tiene un año y está sentado en las piernas de su padre. Ella empuja al marido con las dos manos, le pega en el pecho —el niño ahí, en medio, a la altura de los golpes— y le grita una sola cosa, una y otra vez, con toda la fuerza que tiene en el cuerpo:
—Pégame. Pégame. Pégame.
Él no le pega. Tiene las dos manos ocupadas.
Le voy a llamar Emilio; no es su nombre, pero el suyo no le hace falta a nadie. Esa tarde no hizo nada de lo que ella le exigía a gritos, y esa es, hasta hoy, la única decisión de todo este asunto que le salió bien.
Nueve años después, Emilio ha visto a su hijo contadas veces. Puede contarlas. Las cuenta.
Antes del pleito había puesto dinero en una empresa de seguridad. Socio minoritario. Nunca vio un sueldo, nunca vio un reparto de utilidades: ni un peso, ni una vez. Así que se salió, y al salirse le devolvieron su inversión. No ganó nada. Le regresaron lo suyo. Ese es el único dinero real que ha tocado, y con ese dinero empezó todo.
Se divorció. Luego vino la pensión.
La madre exige una cantidad. Emilio no la tiene. No consigue trabajo estable —ocho años buscándolo, con un proceso penal encima, que es la mejor carta de recomendación que existe—. El niño necesita........
