El feminicidio de Carolina y el amor de madre que devora como violencia filioposesiva
La mañana del 15 de abril, en un departamento de la calle Edgar Allan Poe (el poeta del horror, qué ironía involuntaria) en Polanco, Ciudad de México, Carolina Flores Gómez caminó hacia su cocina en pijama, con 27 años de vida, una hija de ocho meses y ninguna razón para sospechar que aquella sería su última mañana. La seguía su suegra, Erika María Guadalupe Herrera Coriand, de 63 años. La cámara del monitor del bebé registró lo que ocurrió después: seis detonaciones, doce en total, según la necropsia, seis impactos en la cabeza, seis en el tórax, y luego el silencio de una mujer que ya no hablaría más.
Erika salió de la cocina con la frialdad de quien ha cruzado un umbral que ninguna persona debería cruzar. Al encontrarse con su hijo Alejandro, quien cargaba al bebé, le dijo: “Me hizo enojar… tú eres mío y ella no”. En otra versión del audio, la frase es aún más reveladora: “Tú eres mío y ella te robó”. Ocho palabras que son, en realidad, un diagnóstico.
Alejandro preguntó: “¿Qué hiciste, mamá? Es mi familia”. Pero no llamó a la policía. Informó a la madre de Carolina sobre la muerte de su hija un día después, alegando que retrasó la denuncia para proteger al bebé, que aún estaba en lactancia y supuestamente con miedo de que se lo quitaran. Ese día de espera con un cuerpo en la cocina, un bebé en brazos, un hombre que no sabe dónde termina su madre y dónde empieza su familia dice tanto del crimen como los casquillos en el suelo.
El feminicidio también puede tenerle cara de mujer
La pareja había decidido mudarse a la Ciudad de México para escapar de un ambiente familiar marcado por episodios de control y celos. Sin embargo, la llegada de Erika en abril intensificó las tensiones y esa visita coincidió con el día del feminicidio. Fue una ejecución. Erika,........
