¡A secas!
Hay una frase que la vida se empeña en repetirnos hasta el cansancio y que nosotros, por una mezcla bastante sofisticada de miedo, conveniencia y estupidez, insistimos en ignorar: que la primera impresión suele ser la que vale la pena escuchar.
No hablo de ese juicio superficial con el que clasificamos a alguien en treinta segundos; hablo de algo mucho más incómodo, de eso que a veces resulta inexplicable, pero certero. Sí, de esa sensación íntima, instantánea, casi física, que aparece antes de que la razón alcance a construir su defensa y que con su voz de elfo dice: por aquí sí o por aquí no. Una especie de sabiduría personal, de antena de papel de aluminio, que no necesita comité asesor, ni tres reuniones para presentar sus conclusiones.
El problema es que no siempre —o casi nunca— le hacemos caso. Tenemos demasiado ruido alrededor: el trabajo, la familia, los compromisos, el miedo a equivocarnos o la necesidad de lo que sea. Y, sobre todo, esa maravillosa capacidad humana de convencernos de que algo que nos incomoda profundamente seguro es bueno para nosotros, porque es que hay que hacer el esfuerzo: nada fácil es tan bueno, da pena, juzgar está mal, debe ser que la vida lo pone así para que uno aprenda algo o, simplemente, pues que a ojos del mundo no es tan bonito decir NO. ¡Patrañas!
Durante un año y medio tuve un proceso de aprendizaje que, —visto con perspectiva— resultó ser, también, un curso intensivo de comprobación de intuiciones. Ahora, como todo lo obvio, la vida pinta el cuadro más bonito cuando uno lo puede ver con distancia.
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Gloria Steinem:........
