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Extraños compañeros de cama

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Parafraseando a Shakespeare, “la desgracia hace extraños compañeros de cama”. Pocas frases podrían describir mejor lo que acabamos de presenciar en el Congreso colombiano con la elección del presidente del Senado: enemigos jurados, separados por años de confrontaciones políticas y profundas diferencias ideológicas, terminaron haciendo causa común para impedir que el nuevo Gobierno controlara también esa corporación.

Muchos interpretaron el resultado como una maniobra parlamentaria. Creo, por el contrario, que encierra una lección mucho más importante sobre la salud de nuestra democracia.

Durante años discutimos cuál era el verdadero legado de la Constitución de 1991. Con el paso del tiempo, la historia parece haber respondido esa pregunta: su herencia más importante fue consolidar una arquitectura institucional diseñada para impedir que todo el poder terminara concentrado en una sola persona.

La democracia no puede construirse sobre la ilusión de encontrar gobernantes perfectos, porque no existen.

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