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Solo hay dos caminos: democracia o dictadura

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14.04.2026

En tiempos como estos, donde la política se ha vuelto un ejercicio de ruido, de extremos y de imposiciones, elegir no es un acto superficial. Es un acto de responsabilidad. No se trata de quién gusta más, sino de quién representa menos riesgo para la democracia, para la estabilidad y para la libertad.

He trabajado con Paloma durante ocho años. Y, si algo puedo decir con certeza, es que no siempre hemos estado de acuerdo. Y, justamente por eso, la respaldo. Porque la conozco no en la coincidencia, sino en el desacuerdo. La conozco en los momentos en que es más fácil imponer que escuchar. En los espacios donde muchos confunden liderazgo con autoridad incuestionable, he visto en ella algo distinto: la capacidad de sostener sus convicciones sin cerrar la puerta al diálogo.

Y eso, hoy, es profundamente escaso. En política, disentir suele ser castigado. Se descalifica, se margina o se impone. Con Paloma, disentir ha sido parte del proceso. Hemos tenido diferencias reales, discusiones difíciles, visiones encontradas. Pero siempre ha existido algo que no es menor: la disposición a escuchar, a entender, a construir incluso desde la diferencia.

Eso es lo que distingue a quien está preparado para gobernar. Porque el verdadero liderazgo no se mide en la capacidad de imponerse, sino en la capacidad de sostener lo correcto sin necesidad de aplastar al otro. Se mide en saber hasta dónde llegar, pero también en entender cuándo no cruzar ciertas líneas. Y esa es una diferencia fundamental.

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Hoy vemos señales preocupantes. La historia ha demostrado que los países no colapsan de un día para otro. Se deterioran decisión tras decisión. Primero se justifican los excesos, luego se normalizan y, finalmente, se vuelven parte del sistema. Y, cuando eso ocurre, ya no hay mucho margen para corregir. Las dictaduras no empiezan prohibiendo. Empiezan justificándose.

Por eso, votar hoy implica mirar más allá del corto plazo. Implica entender que no se trata solo de políticas públicas, sino de principios, de límites, de institucionalidad, de la capacidad de gobernar sin desbordar el poder. No se trata de elegir a alguien perfecto. Se trata de elegir a alguien que entienda que el poder no está para expandirse sin control, sino para ejercerse con responsabilidad.

Apoyo a Paloma, no porque piense igual que ella en todo. La apoyo porque sé cómo actúa cuando no pensamos igual. Porque he visto su reacción frente al desacuerdo. Porque sé que no necesita rodearse de quienes le dicen que sí, sino que es capaz de escuchar a quienes piensan distinto.

Y, en un momento donde muchos líderes buscan concentrar poder, esa capacidad de reconocer límites es más valiosa que cualquier promesa.

Ser mujer en política tampoco es un adjetivo menor. No se trata de representación simbólica. Se trata de carácter, de firmeza, de la capacidad de sostener decisiones difíciles en medio de la presión, la crítica y la expectativa. No necesitamos mujeres que encajen en el poder. Necesitamos mujeres capaces de ponerles límites.

Paloma entiende que gobernar no es emocionar, es tomar decisiones responsables. Que no todo el que puede, debe. Y que el verdadero talante democrático se prueba cuando se tiene el poder, no cuando se aspira a él.

Y sí, también voto desde la emoción, pero no desde la emoción fácil ni pasajera. Voto desde una emoción más profunda: la tranquilidad de saber quién es la persona que puede estar al frente de este país. Porque uno no solo vota con la cabeza: vota con la memoria, con la experiencia y con la certeza de lo que ha visto. He visto a Paloma en lo difícil, en el desacuerdo, en los momentos en que lo fácil era imponer y eligió escuchar. Y eso genera algo que hoy es escaso en la política: confianza.

Confianza en que no va a cruzar líneas que no se deben cruzar. Confianza en que el poder no la va a cambiar. Confianza en que entiende que gobernar es también saber contenerse. Y no está sola. Que Oviedo la acompañe no es un detalle menor. Es una señal. Es la combinación de carácter con gestión, de convicción con resultados, de firmeza con capacidad de ejecución. En un país cansado de los extremos, de los gritos y de la imposición, esa dupla representa algo distinto: equilibrio.

No prometen perfección. Prometen algo mucho más valioso: criterio, límites y responsabilidad. Y a mis amigos que hace cuatro años votaron por Petro con esperanza, pero hoy no quieren el continuismo y aún tienen dudas, les digo esto con respeto, pero con claridad: no se trata de justificar lo que ya pasó, se trata de no repetirlo.

Todos hemos tomado decisiones con buena fe. Pero gobernar también exige reconocer cuándo un camino no es el correcto y tener el carácter de corregir. Hoy la discusión no es ideológica. Es mucho más simple y mucho más seria: qué estamos dispuestos a poner en riesgo.

Porque hay algo que la historia ha demostrado una y otra vez: los países no pierden sus libertades de un día para otro, las van cediendo poco a poco… hasta que ya no hay cómo recuperarlas. Por eso, más allá de cualquier diferencia, hay una verdad que no admite matices: es mejor ser oposición en una democracia que ser un perseguido en una dictadura. Y, en este momento de la historia, no elegir bien no es una opción. Es una responsabilidad.

A quienes aún dudan, les digo esto: es mejor ser oposición en democracia que perseguido en dictadura.


© Revista Semana