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Romper el cerco

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01.10.2026

André Chamy propone un análisis de las guerras que sacuden el Medio Oriente y estima que no son resultado de lo sucedido el 7 de octubre de 2023 sino de una actualización de la “doctrina de la periferia”. Esas guerras han encontrado la respuesta del “Eje de la Resistencia”. En definitiva, ya son derrotas políticas para las potencias occidentales, que han sobrestimado sus propias capacidades.

El cerco alrededor de Israel, la fábrica de “legitimidad” y el costo para Estados Unidos, 2023-2026

El 7 de octubre de octubre de 2023 suele presentarse como el punto de partida de la posterior secuencia regional. Pero esta es una cronología engañosa ya que presenta como causa lo que en realidad es un detonante, escamoteando así lo que realmente estaba en juego: la ruptura, planificada desde hace mucho, de un cerco cuya capacidad de estrangulamiento Israel ya venía evaluando desde hace cerca de 20 años. Tres años después de los hechos del 7 de octubre de 2023, se supone que el dispositivo ha sido desmantelado, el objetivo político no se ha alcanzado y el poder que hizo posible toda la operación se ve claramente debilitado.

I – Un cerco que está lejos de ser una metáfora

Tel Aviv describe el periodo 2006-2023 como “el anillo de fuego”: el Hezbollah libanés por el norte, “milicias proiraníes” en Siria y en Irak, el Hamas y la Yihad Islámica palestinos por el suroeste, los hutis por el sur. La fórmula parece retórica pero no lo es y existe un punto que permite comprobarlo.

El puerto de Eilat, única salida israelí hacia el mar Rojo, perdió más del 90% de su actividad a partir de noviembre de 2023, cuando Ansar Allah (los hutis) comenzaron sus ataques contra el tráfico marítimo vinculado a Israel [1]. Los ingresos del puerto de Eilat cayeron de 212 millones de shekels en 2023 a 42 millones en 2024. El número de escalas decreció de 134 a 64, desplomándose a sólo 6 en los 5 primeros meses de 2025. Una subvención de emergencia de 15 millones de shekels, concedida en junio de 2025 por ser Eilat un “activo estratégico nacional” no bastó: las autoridades municipales de Eilat congelaron las cuentas del puerto debido a su deuda fiscal y la instalación fue cerrada definitivamente en julio de 2025 [2].

Una amenaza que hace que un Estado pierda el uso de una única salida al mar no es precisamente simbólica. Es como si una persona perdiera el uso de una de sus extremidades. Ya en 2024, el director del puerto formulaba la lógica estratégica subyacente: en caso de guerra en el norte, con misiles cayendo sobre los puertos de Haifa y Asdod, Eilat se convertía en la única entrada de oxígeno para un país sitiado. El anillo funcionaba, por consiguiente, como un sistema en el que cada segmento debía cubrir la ausencia de los demás.

Es importante precisar aquí algo que condiciona la continuación del análisis. El estrecho de Bab el-Mandeb fue efectivamente cerrado al tráfico vinculado a Israel y ese cierre provocó la liquidación del puerto.

El caso del estrecho de Ormuz fue, por mucho tiempo, muy diferente. Ormuz se vio amenazado en diferentes ocasiones, sin que el paso llegara a cerrarse. Eso cambió el 28 de febrero de 2026. Desde que comenzó la guerra contra Irán, el tráfico en Ormuz cayó de 130 o 140 barcos diarios a un promedio de 15 cada 15 días con fines de semana de 6 –la Lloyd’s List Intelligence enumeraba sólo 77 cruces entre el 28 de febrero y mediados de marzo, en su mayoría barcos de la flota fantasma, que operan fuera de los circuitos de las aseguradoras y de seguimiento [3]. La reapertura condicional que se obtuvo en junio duró algunos días. Lo que mantiene cerrado el estrecho de Ormuz no es un bloqueo físico –Estados Unidos alega que la navegación sigue siendo posible– sino el levantamiento, desde el 5 de marzo, de la cobertura de las aseguradoras frente a los riesgos de guerra. Es exactamente lo mismo que liquidó el puerto de Eilat: dos cuellos de botella, un mismo mecanismo. La diferencia entre una amenaza y el hecho consumado es el elemento que separa el análisis estratégico de la proyección, simplemente en Ormuz la amenaza se convirtió en realidad.

A eso se suma una vulnerabilidad de otra índole, que suele subestimarse en los análisis occidentales. Los tratados de paz con Egipto (1979) y con Jordania (1994) no vinculan a Israel con dos sociedades sino con dos estructuras de Estado. Así que esos tratados dependen de la supervivencia política de dos regímenes, en dos países en los que la opinión pública siguen siendo masivamente hostil a la normalización de las relaciones con Israel. Por consiguiente, Israel no dispone, en el sur y el este, de fronteras pacificadas sino de fronteras administradas, lo cual no le garantiza el mismo tipo de solidez,

II – Una angustia que no es coyuntural sino fundacional

La obsesión israelí sobre el cerco no apareció en 2006. Es precisamente lo que dio lugar a la constitución del Estado hebreo.

La doctrina periférica que se formuló bajo el gobierno de Ben-Gurion consistía precisamente en contrarrestar la hostilidad de los vecinos inmediatos árabes mediante un sistema de alianzas con la periferia no árabe de la región: la Turquía kemalista, el Irán del shah, la Etiopía de Haile Selasie, las minorías kurdas y maronitas [4]. Era una respuesta geopolítica a un problema geográfico: un territorio exiguo, sin profundidad estratégica, rodeado de Estados enemigos declarados.

La revolución iraní de 1979 invirtió la bisagra central del dispositivo. Irán dejó de ser un aliado estratégico para convertirse en organizador de una coalición partícipe del cerco y la doctrina del “Eje de la Resistencia” reconstruyó metódicamente, en 4 decenios, lo que la doctrina periférica había tratado de evitar. La particularidad de esa reconstrucción reside en que no era estatal sino infraestatal: se apoyaba en actores armados implantados en Estados débiles o fallidos, lo que la hacía a la vez menos costosa para Teherán y mucho más difícil de enfrentar con los medios clásicos de la disuasión entre Estados.

Es esto lo que explica el fracaso de la doctrina israelí del “corte del césped”: operaciones militares periódicas y limitadas, para degradar las capacidades del adversario sin buscar una resolución política. Aplicado a Gaza en 2008, 2012, 2014 y 2021, a Líbano en 2006, el “corte del césped” arroja un resultado netamente negativo. Cada ciclo hacía al adversario un poco más sólido y el propio Benyamin Netanyahu reconoció en 2024 haber renunciado a erradicar el Hamas debido a la ausencia de legitimidad interna e internacional para lanzar una invasión terrestre total [5]. Esta confesión es capital ya que identifica la legitimidad, no la capacidad militar, como el factor limitante. Todo lo que viene después tiene que ver con esto.

III – El proyecto de salida: la normalización como vía de escape

La respuesta israelí al cerco nunca fue únicamente militar. Inicialmente, fue un proyecto de recomposición regional. Ese proyecto es público, antiguo, documentado.

Su formulación más explícita se remonta al documento A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm, redactado en 1996 por un grupo de analistas neoconservadores estadounidenses para Benyamin Netanyahu, entonces recientemente electo [6]. Ese texto recomendaba abandonar el marco de Oslo, derrocar el régimen baasista iraquí y debilitar Siria e Irán como condiciones de una modificación regional favorable. Diez años después vino la fórmula de Condoleezza Rice sobre los «dolores del nacimiento de un nuevo Medio Oriente», enunciada en el momento más grave de la guerra de 2006 en Líbano [7]. Por consiguiente, la idea de reconfigurar la región por la fuerza no es una inferencia retrospectiva.

Su versión de los años 2020 sustituyó la economía por la guerra, sin cambiar de objetivo. Los acuerdos de Abraham (2020) establecieron un principio: la normalización con los Estados árabes puede desvincularse de la cuestión palestina. El corredor IMEC, anunciado en el G20 de Nueva Delhi, el 9 de septiembre de 2023, era su infraestructura: una ruta comercial India-Golfo Pérsico-Jordania-Israel-Europa, que vadea tanto el canal de Suez como la zona de influencia iraní.

El 22 de septiembre de 2023, 15 días antes del ataque del Hamas, Netanyahu esgrime dos mapas desde la tribuna de la 78ª Asamblea General de las Naciones Unidas [8]. Netanyahu anuncia una paz histórica inminente con Arabia Saudita, afirma que los palestinos no tienen derecho de veto sobre las relaciones israelo-árabes y describe un corredor de prosperidad que conecta Asia con Europa a través de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Israel. En el mapa del «nuevo Medio Oriente» que presenta Netanyahu, Cisjordania y Gaza aparecen dentro de las fronteras israelíes [9].

Ese discurso es el documento central de todo análisis serio del periodo. Muestra que el proyecto regional israelí ya estaba formulado, asumido y públicamente presentado antes del 7 de octubre. También muestra lo que implicaba ese proyecto para los actores que quedaban excluidos: el Hamas, el Hezbollah e Irán estaban, literalmente, fuera del marco.

IV - La paradoja: una política que consolidó al adversario

Existe en esta historia una dimensión que ningún análisis honesto puede saltarse y que no necesita absolutamente ninguna tesis conspirativa: Israel fortaleció deliberadamente el Hamas en Gaza, por razones de política interna.

En marzo de 2019, en una reunión del grupo parlamentario del Likud, Benyamin Netanyahu defiende la transferencia de fondos qataríes a Gaza explicando que todo el que se oponga a un Estado palestino debe ser favorable a esa operación ya que mantener una separación entre la Autoridad Palestina en Cisjordania y el Hamas en Gaza impide el surgimiento de ese Estado [10]. Las sumas implicadas son considérables: más de 1 300 millones de dólares de ayuda qatarí entre 2012 y 2021, enviadas con la autorización de Israel [11]. Avigdor Lieberman, ex ministro israelí de Defensa, afirmó que Netanyahu había enviado el jefe del Mossad a Doha para pedir que se mantuvieran los envíos de fondos [12].

Esa política produjo 3 efectos simultáneos: – Consolidó financieramente la organización que realizaría el ataque del 7 de octubre. – Creó una dependencia israelí hacia Doha, único intermediario creíble para el Hamas, dependencia que mostró ser estructural durante las negociaciones sobre los rehenes. – Engendró, en el seno mismo del aparato estatal israelí, una zona de opacidad cuya existencia pudo comprobarse a partir de 2025, debido al “Qatargate”: dos colaboradores del primer ministro, Yonatan Urich y Eli Feldstein, fueron detenidos el 31 de marzo de 2025 bajo sospechas de haber recibido pagos para promover los intereses qataríes siendo empleados de la oficina del primer ministro; Netanyahu tuvo que testificar el mismo día; e intentó destituir al jefe del Shin Bet, Ronen Bar, que supervisaba la investigación, investigación que acabó siendo suspendida por el Tribunal Supremo [13].

Este asunto merece ser visto como lo que realmente es, como lo que supuestamente debería demostrar. No demuestra necesariamente la existencia de una complicidad en la preparación misma del ataque sino algo más banal y más grave: la porosidad de un centro de decisión ante una potencia extranjera que financiaba al adversario y el uso de las prerrogativas del poder ejecutivo para obstaculizar la investigación que la mostraba.

Queda la cuestión de la “ceguera”. La inteligencia israelí tenía en su poder, más de un año antes del ataque, un documento, supuestamente del Hamas, que describía hasta los menores detalles de una incursión masiva, designada como “Muralla de Jericó”. Ese documento fue considerado demasiado ambicioso para las capacidades de la organización [14]. A principios de julio de 2023, una analista de la Unidad 8200 señala por escrito un entrenamiento intensivo del Hamas que corresponde punto por punto a ese documento. Un coronel de la división a cargo de Gaza descarta esa alerta por considerar lo descrito como totalmente imaginario. La analista insiste en varios correos electrónicos que el New York Times pudo consultar, señalando que no se trata de un ataque contra una localidad sino de un plan de guerra y recordando que en el frente sur ya se había visto, 50 años antes, un escenario que parecía imaginario. Esa referencia a 1973 aparece 3 meses antes de los hechos. Las alertas reiteradas de las observadoras, cuya misión era observar la barrera de Gaza, que señalaban ejercicios de entrenamiento que coincidían con aquel escenario, fueron descartadas por la jerarquía. Es lo que los israelíes llaman la conceptzia –la convicción doctrinal según la cual un Hamas económicamente interesado era un Hamas disuadido.

Para algunos no se trataba de una maquinación sino de un error de apreciación. Esta explicación cubre al aparato. Desde septiembre de 2026, sabemos que no justifica a la cúpula.

El 8 de septiembre de 2026, Haaretz publicó, citando la investigación de Shlomi Eldar y Ruth Yuval, la narración de una conversación telefónica de 45 minutos entre Mohammed ben Zayed (MBZ) y Netanyahou, a finales de 2023, o sea una decena de días antes del ataque. En aquella conversación, el presidente emiratí advertía a su interlocutor que Sinwar estaba preparando una operación de gran envergadura, que daría lugar a un baño de sangre, desestabilizaría la región y pondría en peligro los acuerdos de Abraham.

Se ha podido reconstituir la cadena de transmisión: irritado por el estancamiento, organizado por el propio Netanyahu, de una negociación indirecta sobre una tregua y un intercambio de prisioneros, Sinwar había transmitido a través de un intermediario el anuncio de un «zilzal», un terremoto; el intermediario alertó a un consejero palestino del presidente ben Zayed, consejero que a su vez alertó al presidente qatarí. Netanyahu respondió tranquilamente a este último que Israel tenía la situación bajo control en Gaza y que una posible acción vendría más bien de Cisjordania. Netanyahu no informó a su ministro de Defensa, ni al jefe del estado mayor, ni a los directores del Shin Bet y del Mossad –estos........

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