La realidad y su relato: dos años de gobierno
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al cumplir dos años de su triunfo, Claudia Sheinbaum convocó a un acto que presentó como una “rendición de cuentas”. No lo fue, y conviene empezar por ahí, porque el nombre es ya el primer acto de construcción. Un discurso de poder no se mide por su coherencia interna, sino por su distancia con los hechos. Merece la pena nombrar esa distancia con cuidado: no son dos verdades opuestas —la realidad es una sola—, sino dos lecturas desiguales de ella, la del oficialismo y la de los indicadores. La brecha se vuelve crítica cuando el relato omite, justamente, aquello que más compromete su promesa. Veamos.
Primero. El primer objeto que el discurso construye es su propio nombre. Se presentó como una rendición de cuentas y no lo fue. Andreas Schedler, en The Self-Restraining State (1999), la definió por dos componentes inseparables: la obligación de responder —informar y justificar lo actuado— y la capacidad de sancionar —que el escrutinio tenga consecuencias—. Faltaron las dos. No hubo respuesta: dar cuenta exige exponer también lo que falló, y el acto solo reunió aciertos, expulsando lo incómodo —deuda, calificadoras, desapariciones, territorio cedido—. Y no hubo sanción: no existió contraparte —ni oposición, ni prensa, ni órgano evaluador—, sino una base reunida para refrendar. Tampoco fue el informe constitucional —ese llega en septiembre—, sino un mitin de partido por un triunfo electoral. Por eso la etiqueta no es un descuido, sino el primer movimiento del relato: viste de transparencia un acto de proselitismo. No rindió cuentas: las celebró. Y lo que vale para el nombre vale para el resto: el discurso no describe el país, lo construye. Lo advirtió Walter Lippmann en Public Opinion (1922) —entre el ciudadano y el mundo se interpone un pseudo-entorno— y lo radicalizó Jean Baudrillard en Simulacres et simulation (1981): el simulacro ya no representa lo real, lo sustituye. Su........
