La alergia a la razón
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hay padecimientos del cuerpo que tienen su réplica en la vida pública. Uno de ellos se extiende hoy en los espacios donde se toman las decisiones que nos afectan a todos: la alergia a la razón. No se trata de la falta de conocimiento, sino del rechazo a él; no de ignorar, sino de reaccionar contra quien sabe o advierte. De ese fenómeno hablé al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Vuelvo a él en estas líneas.
Primero. El punto de partida es sencillo: el conocimiento no otorga el privilegio de tener siempre la razón; impone el deber de buscarla. En las aulas nicolaitas, Miguel Hidalgo fue alumno, catedrático y rector. En 1784 escribió una disertación sobre «el verdadero método» para estudiar teología, en la que proponía dejar las disputas inútiles y volver a las fuentes, a la historia y a la crítica. Años después fue denunciado ante la Inquisición por sus ideas. Ahí, pensar ha tenido consecuencias; y defender la razón, costos.
Del estudio de la libertad de expresión aprendí que una democracia no se mide solo por lo que permite decir, sino por lo que está dispuesta a escuchar.
Vivimos una contradicción. Nunca quienes deciden por nosotros tuvieron a su alcance tantos datos, tantos especialistas y tantas universidades. Y pocas veces la evidencia resultó tan incómoda. En distintos espacios de decisión pública, aquí y en el mundo, la razón y el conocimiento ya no solo despiertan recelo. Provocan algo más grave: alergia.
El término lo acuñó en 1906 el pediatra vienés Clemens von Pirquet para nombrar una reacción alterada. Hoy la medicina describe la alergia como una respuesta desmedida del sistema inmunitario ante una sustancia inofensiva. Algo semejante ocurre cuando el dato desfavorable se recibe como agresión, el especialista como adversario y la........
