Amos del algoritmo: ¿fin del populismo?
El enojo que permea al mundo no comenzó ayer. Empezó a emerger hace unas tres o cuatro décadas, cuando los efectos de la globalización le dieron forma. La riqueza y el poder se concentraron y la información y el saber se distribuyeron, es decir, una desigualdad más ancha y más visible hizo que las masas se indignaran ante los excesos de las élites. Reducir ese problema a la manifestación de un defecto humano, la envidia, es ignorar la realidad social. Mientras una mayoría no pueda satisfacer sus necesidades básicas y una minoría incinere cantidades descomunales de dinero en la hoguera de las vanidades habrá razones para la indignación.
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Nadie puede negar que los representantes políticos y el gran capital se han ayuntado y que las masas se han quedado sin representación. De ese amasiato nació la crisis de la democracia representativa, que no es otra cosa que el abandono de los desposeídos. Y no se trata sólo de sociedades irritadas por injusticias económicas: en muchos países hay también un lamentable repudio a la inmigración, que es vista como amenaza identitaria, o al avance de la secularización y la diversidad cultural que desplaza valores religiosos tradicionales. Todos esos reclamos son fuente de la entronización del populismo, que trueca los gritos de exasperación social en votos a su favor. Por eso, porque recogen y exacerban el resentimiento y la venganza en aras de su ganancia electoral, los líderes populistas son intrínsecamente estridentes y verbalmente violentos. Los votantes enojados los eligen y ellos entienden que la polarización y la crispación son su seguro de permanencia.
Pero el elitismo no sólo es irritante por la prevalencia de sociedades desiguales. También lo es por la capacidad de algunos magnates de imponer decisiones que protegen sus intereses en detrimento del bien común, y mientras esto suceda el populismo navegará viento en popa. En este sentido, el surgimiento de una nueva élite, la más poderosa que ha existido, pone en........
