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Cuenta la leyenda: El gobernador Centurión

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07.01.2026

Santo Tomé se traslada a la Angostura las dos comandancia.

Los pecadillos del Gobernador Moreno de Mendoza.

Llega Manuel Centurión, el artillero. Lo malo de pelear con los Capuchinos. Los avances portugueses. 

Lo principal es poblar. Juicios sobre el primer zar de Guayana.

 

Don José Solano y Bote, mientras se desempeñaba como comisario de la Expedición de Limites con Portugal, tuvo ocasión de residir en aquel poblado infeliz de Santo Tomé de Guayana, cuando su ubicación era junto al río Usupamo, por los lados de Castillos.  Consideró que era muy ingenua la pretensión de que ese reducto militar sirviese como capital de una gran provincia, cuando apenas podía sostener a un puñado de soldados. Recomendó el Rey Carlos III que la hiciese trasladar a la angostura del Orinoco. “Donde solo tiene 800 varas de ancho”. Hubo mucha oposición en Guayana y en la Corte, pero al fin llegó la orden con la Cédula Real de 1761, y se encomendó la ejecución a D. Joaquín Sabas Moreno de Mendoza. Los capuchinos facilitaron trabajadores y comidas para las construcciones indispensables. y en 1764 se desplazaron a la nueva ubicación de Santo Tomé un total de 57 familias, 220 cabalgaduras y 5.000 reses.

 

Los pecadillos del Gobernador

   Cuando terminó sus trabajos sin pena ni gloria la frustrada Comisión de Límites, la provincia de Guayana quedó dividida en dos comandancias. La que tenía por capital a Santo Tomé, bajo la autoridad del gobernador y comandante Joaquín Sabás Moreno de Mendoza; y la de Nuevas Poblaciones, al mando del jefe de escuadra D. José de Iturriaga. El primero, a quien Ciudad Bolívar ha dedicado una calle, gozaba de cierto prestigio por el traslado de la ciudad, las primeras edificaciones y las facilidades que daba para que se instalasen nuevos pobladores. Pero cometió algunos pecadillos que entonces parecían impropios de un gobernante, aunque en nuestros tiempos se practican a los más altos niveles: se consiguió una espléndida barragana y no trató de disimular sus debilidades. El rey consideró que daba mal ejemplo y mandó a reprenderle por su “licenciosa vida” y por “la amistad deshonesta con la que disipaba la dote de su mujer y el patrimonio de sus hijos” y eso a pesar de que no dio a su querida ni puestos en la gobernación ni cuentas bancarias en el exterior. Entre tanto, el pobre almirante Iturriaga, ya anciano, sufría de “perlesía”, reuma y otros achaques propios de su edad avanzada. Y no podía moverse de su modesta residencia para fundar nuevos pueblos ene el Alto Orinoco. ¡Lo que más le oían decir sus familiares y amigos era “ay! ¡Mi madre!” y “!ay, mi abuela!”, cada vez que intentaba levantarse de su silla de mimbre.

 

El artillero Centurión

   El capitán Manuel Centurión había llegado a Caracas en 1761, lleno de entusiasmo, con sus 28 años y un montón de proyectos. Le encomendaron las fortificaciones de Puerto Cabello, y demostró que era un hombre de iniciativas recuperó y puso en servicio 375 fusiles que habían sido abandonados por inútiles; formó una escollera o terraplén de piedra al sur de puerto (aun todavía subsiste); instaló unas baterías con 22 cañones para impedir el acercamiento de naves enemigas; reedificó el puente sobre el foso que dividía en dos al pueblo; construyó una red de acueducto con 2.679 varas de cañería… y una cárcel para meter en ella a los aduaneros corruptos. Esto último no le granjeó amigos en la zona.

   El gobernador de Caracas, D. José Solano, quedó maravillado. Y envió al artillero a la Isla de Margarita, para que fortificara la isla. Poco se podía hacer sin recursos, pero Centurión era muy emprendedor. Convenció a la población para que trabajasen en plan comunitario en la reconstrucción de los puentes o castillos “por que se esperaba u ataque de los ingleses” consiguió poner en servicio todos los cañones abandonados por rajaduras; y adiestró a los pocos soldados en el manejo de las armas. Era el año 1764. A su regreso a Caracas tuvo una nueva encomienda: actualizar las defensas de La Guaira. Y en ello estaba cuando recibió el encargo de sustituir en Sant Tomé al comandante Moreno de Mendoza, que seguía muy apegado a su barragana. Era el año 1766. Poco después, el anciano y achacoso José de Iturriaga aprovechó la oportunidad para que también le sustituyese Centurión en la comandancia de las Nuevas Poblaciones. Y así quedó el artillero como gobernador de toda la Guayana. Nuestro hombre tenía 36 años de edad.

 

La defensa de Guayana

   Manuel Centurión comprendió enseguida que el progreso de Guayana dependía de su defensa eficaz. En total disponía de 222 soldados de infantería y 60 artilleros para toda la provincia. Reclamó al virrey Guirior de Santa Fe, que le enviase 150.000 pesos para hacer fortificaciones; y como era de esperar, éste le contestó que no había ni un real en la caja y que ni siquiera le habían pagado los sueldos vencidos del año anterior. En vista de ello acometió las obras por su cuenta con lo que pudieron aportar los misioneros y los vecinos. Fortificó el Padrastro, junto al Usupamo; hizo fortalezas en San Carlos de Rio Negro, la Isla de Fajardo y en los ríos Erebato y Caura. Apostó soldados en las rutas que seguían los caribes para la captura de esclavos. Construyo un cuartel provisional, un almacén de pólvora y tres fuertes; San Rafael, Brillante y Buena Vista, en Santo Tomé. Consiguió uniformes para los soldados. Y colocó trampas en muchos caños del Delta para impedir o dificultar la entrada de piratas o contrabandistas.

 

Lo malo es pelear con los Capuchinos

   Es muy desagradable pelear con los frailes, sobre todo cuando ellos son catalanes y creen tener la razón. El primer problema fue el de trasladar a cuatro pueblos que estaban casi en la orilla del Orinoco y que, por Real Orden de 1762, debían ser abandonados para que los piratas no encontrasen nada de valor en sus entradas por el río. Eran Piacoa, Tipurúa, Uyacoa y Upata, fundados y cuidados por los capuchinos catalanes. Centurión y los capuchinos apelan al rey, y este confirma la orden de desalojo. Los frailes, a regañadientes, tuvieron que convertir a los cuatro pueblos en dos: Santa Ana y Monte Calvario, en la margen occidental del Caroní. La verdad es que prosperaron en poco tiempo. El segundo problema se refería al pago de los diezmos. Los capuchinos eran los grandes ganaderos de la provincia. Llegaron a reunir 100.000 cabezas de ganado. Cada año herraban 12.000 becerros, 400 potros y mas de 70 mulas. Pero no pagaban impuestos porque, según las normas antiguas, ellos estaban exentos y toda su producción era para sostener a sus misiones. Centurión los denuncia ante el Rey. Una primera cédula real de 1774 da la razón a los capuchinos. Centurión apela y por fin consigue que la corona obligue a los frailes a pagar el diezmo. Pero existía un tercer problema conexo y de más difícil solución. En los “Pueblos de Misión” el jefe civil era el mismo misionero. Sin embargo, se suponía que, a los 20 años de fundados, pasarían a ser “Pueblos de la Corona” y, por lo tanto, los indios y los frailes estarían sujetos a toda la legislación ordinaria, y........

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