Israel de la Rosa: «La buena cara»
Raro es el día en que un problemilla no se descuelga inoportunamente de la primera nube que cruza el azul primaveral. Se amanece con una sonrisa y la sonrisa se tuerce justo después de la segunda magdalena. No hay tiempo ni para acabar el café. Todo es un obstáculo, un drama, una zancadilla, se vive a trompicones, a sobresaltos. El tráfico es gloriosamente insoportable. Nos han cobrado por error dos veces la misma compra en el supermercado. Al niño se le está meneando un diente y le duele, y protesta, y da patadas en el asiento. Por mucho que des puntapiés no se te va a pasar el dolor. Más protestas, más patadas, más tragedia. Se nos derrama el vino en la silla de falso terciopelo. Buscamos en la red soluciones mágicas contra las manchas, pero no hay red, no hay internet. Póngase en contacto con su proveedor de telefonía. Comunica. Todos nuestros agentes están ocupados.
Una motita de luz, un puntito brillante, como un minúsculo rubí descollando por entre la masa, destacando hermosamente entre la multitud sudorosa y apiñada. Un individuo de rostro amable, de semblante paciente, conciliador, de mansa y efusiva sonrisa. Una persona que emana calidez, que camina empujando el reloj con calculada dulzura. Es la aguja en el pajar, la ovejita blanca balanceándose suavemente en la superficie erizada de ese océano estridente de ovejas negras. Es el individuo de la buena cara, el que combate filosóficamente el mal tiempo con su pacífica sonrisa.
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